Mis 100 cuentos favoritos.

100.- “El ruletista”, de Mircea Cartarescu

99.- “Siete plantas”, de Dino Buzzati

98.- “El tapiz amarillo”, Charlotte Perkins Gilman

97.- “La casa abandonada”, Mario Levrero

96.- “Bartleby, el escribiente”, de Herman Melville

95.- “Sombras sobre vidrio esmerilado”, de Juan José Saer

94.- “El sueño infinito de Pao Yu”, de Tsao Hsue-ki o Cao Xueqin (mención honorífica: “La sentencia”, de Wu Ch’eng En)

93.- “Mirada”, de Rubem Fonseca

92.- “Ver las orejas al lobo”, de Alice Munro

91.- “El búfalo”, de Clarice Lispector

90.- “La culpa es de los Tlaxcaltecas”, de Elena Garro

89.- “Sredni Vashtar”, de Saki

88.- “El capote”, de Gogol

87.- “Un día perfecto para el pez plátano”, de J. D. Salinger

86.- “Lo oculto”, de Naiyer Masud

85.- “La vida que salves puede ser la tuya”, de Flannery O’Connor

84.- “Óbnibus”, de Julio Cortázar

83.- “Catedral”, de Raymond Carver

82.- “Empédocles: supuesto dios”, de Marcel Schwob

81.- “El alba malograda”, de Rudyard Kipling

80.- “Diario de un loco”, de Lu Xun

79.- “Engranajes”, de Ryunosuke Akutagawa

78.- “Silencio”, Lucia Berlin

77.- “El collar”, de Guy de Maupassant

76.- “La máscara de la muerte roja”, de Edgar Allan Poe.

75.- “El hombre de la arena”, de Hoffmann

74.- “La casa inundada”, de Felisberto Hernández

73.- “Sanatorio bajo la clepsidra”, de Bruno Schulz

72.- “El acre del dolor”, de Isak Dinesen

71.- “El mágico circular de los naipes”, de Danilo Kis

70.- “El pueblo blanco”, Arthur Machen

69.- “Un hombre muerto a puntapiés”, de Pablo Palacio

68.- “La cámara sangrienta”, de Angela Carter

67.- “Misa de gallo”, de Machado de Assis

66.- “Doblaje”, de Julio Ramón Ribeyro

65.- “Los asesinos”, de Hemingway

64.- “Cómo se salvó Wang-Fo”, de Yourcenar

63.- “Vengaza” (también traducido como “Prischepa”), de Isaac Babel

62.- “La lotería”, de Shirley Jackson

61.- “La carne”, de Virgilio Piñera

60.- “In the Cemetery Where Al Jolson is Buried”, Amy Hempel

59.- “Sinfonía concluida”, Augusto Monterroso

58.- “Enoch Soames”, de Max Beerbohm.

57.- “Acéfalo”, de Leopoldo María Panero

56.- “El nadador”, de John Cheever

55.- “La trama celeste”, de Bioy Casares

54.- “El libro  de lo grotesco”, de Sherwood Anderson

53.- “Subasta”, María Fernanda Ampuero.

52.- “The dead”, de James Joyce

51.- “El huésped”, de Amparo Dávila

50.- “Cita en el día del crisantemo”, de Ueda Akinari

49.- “Signos y símbolos”, Vladimir Nabokov

48.- “La mujer de Gogol”, de Tommaso Landolfi

47.- “La tercera orilla del río”, de Guimaraes Rosa

46.- “Roblemar”, de George Saunders

45.- “Un vasto y desierto paisaje”, de Kjell Askildsen

44.- “The Husband Stitch”, Carmen Maria Machado

43.- “La carta en el barril de cemento”, de Yoshiki Hayama

42.- “El observador de caracoles”, Patricia Highsmith

41.- “Historia de mariquita”, Guadalupe Dueñas

40.- “La dama del perrito”, de Anton Chejov

39.- “A la deriva”, de Horacio Quiroga.

38.- “La despedida de una madre”, de Liudmila Petrushévskaia

37.- “Historia de Abdula, el mendigo ciego”, de Las mil y una noches.

36.- “Carcasona”, de Lord Dunsany.

35.- “Acerca de ciudades que crecen descontroladamente”, de Angélica Gorodischer.

34.- “Donde su fuego nunca se apaga”, de May Sinclair

33.- “La araña”, de Hanns Heinz Ewers

32.- “El recital de junio”, de Eudora Welty

31.- “La casa de azúcar”, Silvina Ocampo

30.- “El ex mago de la Taberna Minolta”, de Murilo Rubião

29.- “Ábrelo” (Khol Do), Saadat Hasan Manto.

28.- “Un médico rural”, de Franz Kafka

27.- “El pellejo pintado”, de Pu Songling

26.- “Romper el cerdito”, Etgar Keret

25.- “Dos imágenes en un estanque”, de Giovanni Papini

24.- “Flores de verano”, de Tamiki Hara

23.- “La rata”, Witold Gombrowicz

22.- “Un sueño realizado”, de Juan Carlos Onetti

21.- “Accidente durante el autostop”, de Denis Johnson

20.- “La noche de Margaret Rose”, de Francisco Tario

19.- “Al gas, señores y señoras”, Tadeusz Borowski

18.- “La dama de picas”, Pushkin

17.- “Kleist en Thun”, Robert Walser

16.- “Stone animals”, Kelly Link.

15.- “Conejos blancos”, Leonora Carrington

14.- “La pata de mono”, W. W. Jacobs.

13.- “La sombra”, de Hans Christian Andersen.

12.- “Usurpación”, Cynthia Ozick.

11.- “La cena”, de Alfonso Reyes.

10.- “Una anomalía temporal”, de Jhumpa Lahiri

9.- “El tatuaje”, de Junichiro Tanizaki.

8.- “Vanvild Kava”, de Isaac Bashevis Singer

7.- “Wakefield”, de Nathaniel Hawthorne

6.- “Barba azul”, Charles Perrault

5.- “Rebecca”, de Donald Barthelme

4.- “De lo que aconteció a un Dean de Santiago”, de Don Juan Manuel

3.- “El conductor nocturno”, de Italo Calvino.

2.- “Judas en flor”, de Katherine Anne Porter

1.- “El Aleph”, de Jorge Luis Borges

Mis cuentos favoritos (del 20 al 1)

20.- “La noche de Margaret Rose”, de Francisco Tario

Me encanta “La noche de Margaret Rose”, el cuento de Francisco Tario que se encuentra en el número 20 y que tanto alabó García Márquez (dijo, en su momento, que era uno de los mejores relatos que se habían escrito, no recuerdo si en el siglo pasado o en toda la historia). Me encanta porque mi figura favorita de la literatura es el fantasma (y esto no es ninguna revelación: Tario escribía primordialmente sobre fantasmas y desde un inicio del relato lo insinúa). Toda la historia tiene un ambiente lúgubre que, entre sustos, perfila una enorme soledad. El giro final del relato es uno de los más significativos que he leído porque no intenta sorprender al lector ni hacer pasar el cuento por una obra más inteligente de lo que realmente es (aunque el talento en la creación de las atmósferas es ya una prueba de la capacidad de su autor), sino que lo hace desoladoramente triste. No busca las complejidades intelectuales, pues prefiere el retrato emocional. No quiere la sensación de espanto, sino de ausencia. Entonces es fácil percatarse que, más que una historia de horror, se trata de un lamento. Este relato, que es una de mis narraciones predilectas, refiere la trama de un hombre que recibe una invitación misteriosa de parte de una joven espectral que conoció hace muchos años. La noche del relato es casi sedosa. Tiene los sobresaltos del Romanticismo, esa excitación sobrenatural de los temperamentos que hace que todo lo que ocurre parezca una alucinación. Me hace pensar en el famoso cuadro de Fussli, La pesadilla. Pero nunca me ha producido horror, ni una sola vez. Al contrario, me ha dejado una sensación más pesada y menos difícil de superar, algo así como un vacío. Me conmueve. Creo que es un logro bastante atípico por parte de un relato aparentemente de terror. Me parece, cuando menos, admirable. Encuentro en él una de las mejores representaciones de la tristeza. Yo soy un poco sus últimas palabras.

19.- “Al gas, señores y señoras”, Tadeusz Borowski

Tadeusz Borowski murió con 28 años, después de haber sido testigo de los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Prisionero de un campo de concentración, tuvo una perspectiva singular de su funcionamiento, pues no era ni alemán ni judío, y se encontró en una posición en las que hacía las veces de víctima y victimario. Algo similar se describe en “Al gas, señoras y señores”, uno de los relatos que escribió sobre esa difícil época del mundo. En el cuento, un preso político se encarga de registrar a los judíos que arriban al campo con la promesa de poder quedarse con toda la comida que encuentre. Sus funciones empiezan desde primera hora y acaban cuando el cielo está oscuro. Se dedica, además, a limpiar los trenes en los que llegan oleadas de seres humanos, vagones miserables en los que incluso se encuentra cadáveres o restos pisoteados de personas. Observa este infierno como quien está ausente, sin ninguna aparente sorpresa, hasta que un repentino y oscilante despertar le hace ver, aunque sea por un instante, lo infernal de su vida. Pero debe seguir porque los trenes no dejan de llegar. Esa tortura, esa rutina siniestra, son registradas por Borowski con todo el distanciamiento que le ha sido posible. Su ecuanimidad quiere, por una parte, dar testimonio de la alienación de los prisioneros, y, por otra, tratar de hacer creíble lo que hay de irreal en un plan de exterminio de tal escala, algo tan apabullante que los primeros escritores de los campos de concentración encontraron dificultades para mostrar que no había ninguna exageración en sus declaraciones. Tiene de horrible lo que hay en las regiones más despiadadas de nuestra historia. Deja las sensaciones entumidas. El aturdimiento es monstruoso. Si la deshumanización tiene una forma, es ésta: éste es su relato.

18.- “La dama de picas”, Pushkin

En el número 18 tenemos “La dama de picas”, de Pushkin, el último relato ruso de la lista. Pushkin es la figura estelar del Romanticismo ruso y de toda la poesía de ese país. El instituto encargado de preservar y promover la lengua rusa se llama “Instituto Pushkin”. A pesar de que Rusia fue un país de genios y de que no pocos de sus autores se podrían disputar el título del mejor escritor de la historia (o el más relevante o el más dotado o el más profundo), Pushkin sigue siendo lo suficientemente talentoso como para destacar en su literatura. Uno de sus poemas hacía llorar a Dostoievski. Hablaba de un caballero religioso que acababa enloquecido. Su historia “La dama de picas” fue incluida en la Antología universal del relato fantástico realizada por Jacobo Siruela. Es una de sus narraciones más conocidas y mi favorita de los relatos que escribió. Cuenta la historia de un hombre al que le ha sido revelada la forma para triunfar en un juego de cartas que podría llevarle una riqueza suficiente para lo que le quede de vida. Su protagonista es ladino y cruel, regido por una razón calculadora. El estilo es elegante y, contrario a lo que podría hacer pensar la labor de poeta de Pushkin, más bien práctico y directo. Hay intriga ágil, buena perfilación de sus personajes principales y giros irónicos. Es un relato humorístico que puede leerse en clave moral o como una simple burla. Como en muchos otros de sus cuentos, lo fantástico hace apariciones espontáneas y ambiguas. Es, en pocas palabras, uno de los mejores relatos de la literatura rusa.

17.- “Kleist en Thun”, Robert Walser

Robert Walser es autor de una de mis novelas favoritas, una obra esencial en mi historia, eso que antes se llamaba libros de cabecera y que no son otra cosa que el puñado de  textos a los que vuelvo una y otra vez (para refugiarme, para destruirme, para estar tranquilo y solo). El volumen se titula “Jakob von Gunten” y habla de un muchacho que no quiere ser nadie. La historia se describe con suavidad, como alguien que va redondeando las letras delicadamente. Toda la narrativa de Walser tiene ese aire ensoñador y delicado similar al momento en que uno mira las nubes y calla. Su temperamento lleva la templanza de los tímidos. Hay poesía enternecedora, alejada del extremismo romántico, que más bien tiene la blandura de las cosas dichas en voz baja. Es, Walser, un autor de intenciones breves y pequeñas, que no ansiaba la ambición sino la invisibilidad. Deseaba que el mundo lo olvidara. En “Kleist en Thun”, uno de sus cuentos (que es uno de mis relatos predilectos y, más aún, algo con lo que me siento como con una compañía estimada), Walser narra los paseos de un poeta romántico que vivía melancólicamente, posiblemente deprimido, pues acabaría con su vida poco después. Susan Sontag dijo que pocas narraciones mostraban tan bien los abismos en los que a veces estábamos sumidos. Pero no es dramático, ni excesivamente triste (y quizá eso es más equiparable a como vivimos cuando las circunstancias nos aplastan e, incapaces de comunicar que algo nos aniquila, somos reservados y aún sonreímos a las recomendaciones que las personas más cercanas nos hacen). Habla también de las actividades que solían entusiasmar antes de que pronósticos oscuros arruinaran cada satisfacción. Es uno de los pocos textos en los que he sentido que, quizá, sí había algo en la literatura que pudiera servir de paliativo para las épocas más arduas. La literatura de Walser me hace creer que existe una razón para el arte, o que al menos existió alguien a quien me he sentido cercano aún sin haberlo conocido. Creo que él es parte de ese “infierno que no es infierno”, una de esas zonas a las que debo, en palabras de Calvino, “hacer que dure y dejarle espacio”. Walser es alguien que, más que leer, estimo. Para mí, él no hizo literatura, hizo otra cosa, algo que agradezco mucho más.

16.- “Stone animals”, Kelly Link

En el número 16 está Kelly Link, una de las cuentistas norteamericanas más celebradas de los últimos años y la que muchos consideran la reina de la literatura de horror y extraña. El relato que escogí para esta lista es “Animales de piedra”, que cuenta la historia de una pareja que se muda a una casa embrujada en la que una serie de conejos aparecen de vez en cuando, conejos que quizá son dirigidos por gente miniatura o que acaso son parte del mismo hechizo que hace que cada uno de los objetos al interior de la case queden malditos (aunque no sólo objetos, pero eso es algo que se descubre después). Link construye un ambiente de paranoia que a veces parece cómico y en otras ocasiones es inquietante y en el que relumbra un aura de peligro. Como el relato de Levrero del que hablé en la primera parte de esta lista, el cuento de Link es una suerte de antología de varios tópicos de la literatura de terror que, aunque conocidos, se ven sublimados por un talento narrativo impecable y aparecen, por lo mismo, como si fueran invenciones completamente novedosas. Lo que más me agrada del texto es que no busca crear escenas de terror ni sugerir posibles explicaciones para los hechos, sino que trata de hacer extraño el relato en sí, intenta que la misma literatura se vuelva un hecho misterioso, inexplicable, casi ilógico (como una serie limitada de autores, entre los que se encuentran Kafka o Landolfi). Me parece que es una apuesta más arriesgada, pues pone en juego la materia misma con la que forma sus creaciones. A cambio, obtiene un enrarecimiento que le da a sus relatos cierto misticismo que, a mí al menos, me parece más atrayente que las obras en las que todo queda claro o en las que las intenciones de los autores se dejan ver.  Es un tipo de literatura al que se recurre con menos frecuencia, pero que, pienso, suele ser más memorable cuando se logra tan bien como en este relato.

15.- “Conejos blancos”, Leonora Carrington

Leonora Carrington fue una pintora inglesa radicada en México que escribió uno de los cuentos inolvidables que Julio Cortázar antólogo entre sus relatos favoritos. El relato se titula “Conejos blancos” y es el que aparece en el número 15 de esta lista. Su historia es, en su mayoría, ordinaria, hasta que una revelación hace que los hechos pasados adquieran un matiz sombrío. Relata el encuentro entre dos vecinas y la invitación que una de ellas le extiende a la otra. Es un cuento que lentamente se sumerge en el horror y logra un efecto muy acabado de lo siniestro según las consideraciones de Freud, que estimaba que esta sensación se obtiene a través de elementos conocidos que se enrarecen. Carrington consigue hacer que la inocencia se perturbe y que en su lugar quede el envilecimiento o la incomodidad. Me recuerda a las escenas de las películas de terror en las que los seres fantásticos y terribles se presentan en un ambiente cotidiano y lo convierten en una pesadilla. Ese cambio abrupto acaso la vuelva más absurda o más surrealista que otros escritores menos creíbles, en los que la extravagancia parece un decorado. Carrington es, en su genialidad, genuinamente rara.

14.- “La pata de mono”, W. W. Jacobs.

Después de uno de los cuentos favoritos de Cortázar está uno de los cuentos favoritos de Borges, “La pata de mono”, de W. W. Jacobs, una historia de gran popularidad que tiene el honor de haber sido parodiada, entre otros, por los Simpson, por lo que su trama ha perdido un poco de su sorpresa, pero, a cambio, ha ganado la universalidad. Repetiré, sin embargo, su historia, porque su imaginación lo merece: una familia recibe una pata de mono que es capaz de cumplir cualquier deseo, sin embargo, los deseos que se le pidan tomarán un giro siniestro que los convertirá en desgracias. Su final ya no es sorpresivo, pero sí me atrevería a decir que es uno de los mejor logrados que he tenido la oportunidad de leer, lo que la crítica suele llamar “una conclusión redonda” por la manera tan fina en que encajan principio y fin (y que hace pensar que el relato no podía acabar de otra manera, que ése es la conclusión ideal del texto). Aunque el estilo no destaca por ser algo fuera de lo común, tiene todas las características de un clásico (no es innovador, pero no todas las obras inmortales de la literatura lo han sido: basta, en muchas ocasiones, con una idea genial y un buen desarrollo de la misma, dos cosas que se cumplen en este relato). La historia de “La pata de mono” ha seguido más allá de su origen. Ésa es una forma de la inmortalidad que pocas obras han conseguido. Creo que lo merece.

13.- “La sombra”, de Hans Christian Andersen.

En el siguiente puesto está otro relato fantástico, esta vez de un autor incomprendido que muchos clasifican de infantil pero que tiene un corazón macabro. Se trata de “La sombra”, una de las cimas narrativas de Hans Christian Andersen, destacado autor de crueldades que hizo pasar por cuentos de hadas. Hay algo profundamente estremecedor en sus historias que generalmente es suavizado en sus adaptaciones, las cuales, por su éxito, muchas veces han opacado a la fuente. Está, por ejemplo, el inmenso dolor de “La sirenita”, que se convierte en espuma de mar; o la amputación que sufre la niña de “Las zapatillas rojas”; o el acoso salvaje que apenas mitiga el final de “El patito feo”. Todo el mundo de Andersen es hostil, más semejante al horror religioso y a los peligros mortales del bosque que no al mundo de ensueños con que se le suele asociar. Su estilo disfraza de inocencia y de ternura lo que es voraz y salvaje, cuando no esconde una pesada tristeza. Harold Bloom va al extremo de señalarlo como uno de los antecedentes de Kafka. No creo que sean del mismo linaje, pero sí siguen una línea común de alienación, aunque algunos resultados de Andersen sean más optimistas (si bien son una suerte de compensación por los martirios a los que expone a sus personajes). Sin embargo, hay ocasiones en que Andersen es arrastrado por su propio pesimismo y da conclusiones como la de “La sombra”, curiosamente cínica para un texto que aún tiene los rasgos inocentes con que disfraza sus relatos de cuentos de hadas. La trama expone la separación de una sombra del cuerpo que la proyecta, así como su reencuentro, muchos años después, cuando la sombra se ha hecho ya una idea del mundo y ha empezado a concebir sus propios deseos. De haber sido escrita años más tarde, se le hubiera clasificado de posmoderna o absurda, y habría portado, justamente, los calificativos de perversa y cruel. De todos los textos que son o que imitan los cuentos populares o de hadas, éste es mi preferido. Es uno de mis relatos predilectos y una de mis alegorías preferidas sobre la jerarquía, los dobles y la corrupción.

12.- “Usurpación”, Cynthia Ozick.

Cynthia Ozick es una de las escritoras más admiradas de la actualidad. Harold Bloom la incluyó en su canon del cuento, siendo la cuentista más joven del catálogo. Foster Wallace dijo que era una de las mejores escritoras de América. Por sus relatos recibió tres veces el premio O. Henry, que es la mayor distinción del género en Estados Unidos. Su estilo abarca todos los registros de la literatura, desde el relato testimonial de fuerte carga dramática y tono lírico, hasta el cuento posmoderno colmado de ironía que copia la fría prosa académica. “Usurpación” es un relato de múltiples capas que hace honor a una de sus frases en la que se elogian los textos que tienen diversidad de niveles, distintas facetas no sólo de interpretación sino también de historia. Es un cuento sobre el arte de escribir cuentos, sobre la pedantería del ambiente literario y la ridiculez de los relatos. Es una deconstrucción humorística de los procesos menos elegantes y románticos de las narraciones. También puede leerse como un repaso irónico por la literatura judía y un elogio ambiguo de las obras fantásticas. Es todo al mismo tiempo. Cuando la crítica habla de un libro ambicioso se refiere a textos de esta clase, en los que el autor hace malabares en varios registros con todos los temas que domina. Hay que ser abrumadoramente inteligente para conseguirlo. Ozick lo logra con facilidad.

11.- “La cena”, de Alfonso Reyes

El cuento número 11 de esta lista, obra de Alfonso Reyes, inicia con un epígrafe de San Juan de la Cruz: “La cena, que recrea y enamora”, sólo para subvertir esa frase en una historia de horrores cíclicos, sueños premonitorios, desvanecimientos de los límites entre la realidad y la alucinación y encuentros perturbadores con dos mujeres que se muestran, al mismo tiempo, inocentes y amenazantes. El relato habla de una invitación para una cena. El protagonista tiene un presentimiento de eventos funestos a punto de acontecer. En la casa en la que se presenta es bien recibido, pero siente una inquietud indescifrable. Por la manera en que la historia está contada es difícil saber en qué momento ocurre, o si se está narrando un relato verdadero o un hecho sobrenatural. Del estilo de Alfonso Reyes Borges dijo que era el más admirable de toda la lengua castellana. Lo consideraba un maestro. Cuando murió, le dedicó un poema que contiene las siguientes líneas: “Reyes, la indescifrable providencia/ que administra lo pródigo y lo parco/ nos dio a los unos el sector o el arco,/ pero a ti la total circunferencia”. Alfonso Reyes fue nominado en cinco ocasiones al Premio Nobel, sin obtenerlo. Desilusionado, Borges contestó: “Es una lástima porque Alfonso Reyes hubiera honrado el Premio Nobel recibiéndolo”. “La cena” es su relato más conocido. Se publicó en su primer libro de relatos.

10.- “Una anomalía temporal”, de Jhumpa Lahiri

En el siguiente puesto está Jhumpa Lahiri, autora de “Una anomalía temporal”, relato incluido en la celebrada antología titulada Intérprete del dolor. Los cuentos de Jhumpa Lahirir son lo que los críticos con gusto describen como “historias humanas”, que quiere decir que son relatos sobre las dificultades por las que atraviesan personas comunes que se enfrentan a eventos dolorosos o conmovedores como la muerte, el amor, la condición de extranjero, las dificultades económicas o los problemas de comunicación. En “El tercer y último continente”, Lahiri narra las diversas mudanzas de un hombre indio que trata de establecerse en el nuevo país en el que vive. En “Una anomalía temporal”, cuenta la fragilidad de una pareja que ha sufrido la muerte de su recién nacido. Hay momentos que enternecen y que desgarran. La dirección fina de Lahiri hace que uno espere, engañado, una conclusión optimista ahí donde está a punto de torcerse la felicidad. Su prosa tiene la facilidad de Chejov o de Munro, lo que significa que está dispuesta con gran naturalidad a costa de mucho trabajo invisible, ese tipo de narraciones que fluyen sin dificultades, pero que seguramente fueron laboriosas de escribir. Este estilo es el más eficiente para los cuentos de orden emocional, ahí donde una forma más recargada puede estorbar las interacciones de los personajes. El relato es un recordatorio de que aún los proyectos más felices de la vida pueden encontrarse con muros insalvables. Queda, entonces, la sensación de que ni la buena voluntad llega a superar ciertas tragedias.

9.- “El tatuaje”, de Junichiro Tanizaki

Uno de los primeros escritores japoneses que leí fue Junichiro Tanizaki. Disfruté más su novela El cortador de cañas que el libro de Kawabata titulada Lo bello y lo triste. Sin embargo, no me aventuré en ninguna de sus otras obras hasta el relato que incluyo en esta lista, “El tatuaje”, que recuerda a la tradición pictórica de los Muzan-e y las obras de Suehiro Maruo. Su trama expone los deseos de un pintor cruel que aspira a tatuar en la espalda de una mujer su obra maestra. La imagen que consigue es la de una tarántula. La acción despiadada del artista se describe con un erotismo lúgubre. Su temperamento es ufano. Es un hombre que desprecia el mundo y adora de la belleza. Tanizaki lo perfila con un estilo sensual y tenebroso, por lo que recuerda a la teoría de la transgresión erótica de Bataille. A mitad del relato se sugiere que, en esa realidad histórica que se presenta, habitan hechos fantásticos. Hacia el final, el artista es subyugado por su creación. El hombre que ha cumplido su cometido queda vacío. Los deseos, siento al leer el relato, son condenas.

8.- “Vanvild Kava”, de Isaac Bashevis Singer

Aunque Isaac Bashevis Singer, el número ocho de esta lista, tiene relatos más conocidos y apreciados que “Vanvild Kava”, escojo éste porque fue el primer cuento que leí de él. No había escuchado antes su nombre, a pesar de ser un Premio Nobel de Literatura, lo cual dejó de sorprenderme cuando vi que, en general, no era muy publicado en mi país. Sin embargo, a pesar de no saber quién era, me pareció que su extraño relato era original y que debía haber sido escrito por alguien con talento. Así que leí más de él e hice acopio de toda mi paciencia esperando a que volvieran a publicar la selección de sus mejores relatos traducidos al español, pues me gustaba mucho. “Vanvil Kava” es la historia de un crítico literario severo al que se le otorga una oportunidad de redimirse: probar que el rechazo que muestra por otros autores está justificado en su propio talento para la creación artística. Como es de esperarse en la literatura de Bashevis, una galería de hombres mediocres, el personaje principal fracasa. Lo sorprendente, o lo que lo hace destacable, es la forma en que se equivoca su protagonista, de qué manera absurda y extravagante se pone en ridículo (un ridículo, además, doloroso). Es esta torpeza final, sin embargo, la que lo redime. Acaso nunca sea más comprensible un hombre que cuando se arruina estrepitosamente. Porque yo también he sido orgulloso y me he estrellado contra mi propia soberbia, regreso este relato. Vuelvo, también, a reír y a lamentarme.

7.- “Wakefield”, de Nathaniel Hawthorne

La trama de “Wakefield”, el relato número siete de esta lista, es quizá la más conocida de todos los cuentos de Hawthorne: un hombre sale de su casa, se muda a una residencia cercana y, desde ahí, espía a su mujer por años, la cual no sabe qué ha sido de él. La mayoría de los personajes del autor estadounidense son severos y al límite de la crueldad, a veces inspirados por una devoción religiosa o un hastío del mundo. Con su severidad se condenan ellos mismo a una vida trabajosa y austera. Son descritos con un estilo a veces casi ensayístico, en el que la voz narrativa suele ponerse en evidencia interpelando al lector. Tiene los arranques clasicistas de los intelectuales que se servían de las obras literarias para probar tesis. Las teorías de este escritor estadounidense, sin embargo, no son simples reflexiones sociológicas sino una expresión de la misma angustia existencial que aquejaba a ciertos soberanos bíblicos que se preguntaban por qué no habían nacido muertos. Por la manera en que el autor presenta su mundo, no sería difícil considerar su literatura como parte del género de horror. Posiblemente así deba ser leída, como un espanto.

6.- “Barba azul”, Charles Perrault

En esta lista de mis cuentos favoritos hablé de la importancia de la literatura popular china y traté de darle el reconocimiento que se merece con mi recomendación de “El pellejo pintado”. El número seis de la lista es, por su parte, mi manera de rendir homenaje al cuento popular de Occidente que tuvo en los hermanos Grimm y en Perrualt a sus exponentes más conocidos. Leí “Barba azul”, el cuento que elegí para este listado, en mis inicios como lector, cuando cursaba la secundaria. Mi padre me compró una edición ilustrada de los cuentos de Perrault que comenzaba con “Caperucita roja” y acababa con la terrible narración inspirada en Gilles de Rais, “Barba azul”, y que expone la historia de una mujer que contrae matrimonio con un hombre acaudalado que ha perdido a todas sus esposas anteriores y que, por lo mismo, se ha ganado una reputación siniestra. Al poco de estar casados, la mujer descubrirá la razón que está detrás de las desapariciones de las antiguas parejas de su marido. Aunque en general las versiones íntegras de los cuentos populares recogidos por Perrault son, como las de los hermanos Grimm, relatos de hechos terribles contados de manera cruda, creo que “Barba azul” es especialmente terrorífico. Acaso el haberlo leído acompañado de las ilustraciones de Doré me ayudara a perfilar las formas del horror que se narraban (hasta el día de hoy, por culpa de esta historia, asocio a Doré con el acabado que imagino deben los cuentos de terror clásico). A pesar de que se trata de una lectura formativa, uno de esos textos iniciales que sirven como los primeros libros, su lugar como clásico la mantiene, además, por su calidad literaria. Aparece en esta lista porque la literatura también es nostalgia y porque fue, para muchos, una seña de los tiempos de juventud.

5.- “Rebecca”, de Donald Barthelme

Antes he hablado de autores que me hacen feliz. Me hacen feliz cuando los descubro, cuando investigo su vida, lo que la crítica ha comentado sobre su obra, cuando busco más títulos publicados, cuando releo lo que me sorprendió por primera vez y descubro, alegre, que sigue entusiasmándome. Son un puñado conciso pero dichoso: Borges, Calvino, Buzzati, Chejov, Ocampo, Kafka y algunos más, por ejemplo, Donald Barthelme, el autor de “Rebecca”, un relato risueño y suave sobre el amor de dos mujeres. La trama no es mucho más que eso, pero Barthelme es conocido sobre todo por su estilo, por lo que hace con la estructura rígida del cuento. Es como Cortázar, aunque Cortázar lo que hacía era enrarecer la historia de sus relatos o condesar su prosa, mientras que Barthelme juega más con los elementos típicos del género, las autorefencias, la metaliteratura, todos los rasgos técnicos del relato que intenta desarmar, no para saber cómo funcionan, pues ya los domina por completo, sino para tratar de hacer cosas en verdad nuevas. O al menos increíblemente divertidas. Si algo es Barthelme es divertido. Y lo es porque se muestra desenfadado. Aunque dicen que pertenece a los posmodernos (y, ciertamente, encaja en esa categoría por su experimentación literaria), nunca es demasiado difícil, ni intelectual ni excesivamente grave. Sus relatos son obras para reír y pensar, después de leerlas, que el autor es muy listo, pero que no pareció en ningún momento que buscara que el lector pensara eso, pues no quería ser alabado ni que nadie dijera que era astuto, sino que quería divertirse y dio la casualidad de que sus bromas eran inteligentes. Me hace recordar esa frase de El guardián entre el centeno en la que su protagonista dice que hay autores que, después de leerlos, te gustaría que fueran tus conocidos para así poder marcarles para hablar más de la obra. Creo que eso es lo que consigue Barthelme con su estilo, un aire de familiaridad. Además, encuentro que finales como el de “Rebecca” están escritos con esa honestidad que no rehúye de la emoción y que, por eso, se vuelven enternecedores. Me hace feliz leer textos así. Sin duda es uno de mis relatos predilectos y una de esas obras que quisiera algunos se dieran la oportunidad de leer y pensar un poco en sus últimas palabras, que pueden llegar ser algo cursis, pero que se han dicho con sinceridad y a veces eso vale más que la perfección.

4.- “De lo que aconteció a un Dean de Santiago”, de Don Juan Manuel

En el número cuatro está otro de los relatos preferidos de Borges, “De lo que aconteció a un Dean de Santiago con don Yllán, el gran maestro de Toledo”, escrito por Don Juan Manual para su libro El conde Lucanor, que incluye una serie de exemplas. Los exemplas son relatos escritos con el fin de dar una enseñanza o consejo y generalmente estaban destinados a la clase ilustrada de la sociedad. Muchos de ellos tienen que ver con una educación política que les ayude a los soberanos a saber cómo dirigirse ante diferentes adversidades. A pesar de su sentido didáctico, funcionan también por sí mismas como cuentos (de la misma manera que las fábulas más logradas viven más allá de sus moralejas). “De lo que aconteció a un Dean de Santiago con don Yllán, el gran maestro de Toledo” se trata de una historia fantástica en la que se planean viajes imaginarios que muestran un posible futuro. La vuelta de tuerca final le otorga al relato un aire más moderno, que podría encontrarse en textos redactados muchos siglos después. No obstante, el estilo es común al de otras narraciones medievales, tanto en léxico como en forma. Sirva acaso de apreciación de una literatura que generalmente se ha visto como poco original, repetitiva o pobremente trabajada, y que, sin embargo, tiene una maestría, una elaboración y un conocimiento de lo literario que está a la par de muchas grandes obras.

3.- “El conductor nocturno”, de Italo Calvino

Aunque me costaría elegir mi obra literaria favorita, creo saber cuál es la página que prefiero de las que he llegado a leer: es la última de Las ciudades invisibles. Las ciudades invisibles es un texto extraño que difícilmente pueda catalogarse dentro de alguna de las clasificaciones rígidas pero útiles de las que se hace servir la crítica literaria para orden el mundo de la escritura. Algunos dicen que es una novela porque tiene personajes recurrentes, pero carece de un arco argumental propiamente dicho y los dos protagonistas aparecen en escasos diálogos que suman muy poco de la totalidad del libro. Otros proponen que es una antología de cuentos porque hay una variedad de historias, pero muchas son esbozos o meras descripciones de lugares, sin nudo, personajes, trama ni acción. Tiene elementos ensayísticos y la belleza de sus imágenes podría hacer pensar en la poesía. Del libro sólo se puede decir que es absolutamente brillante y que es posiblemente la obra maestra de su autor (y uno de los grandes títulos del siglo XX o de los anteriores). Su estilo, que fue una constante en las obras del escritor italiano después de que se desentendiera del neorrealismo que adoptó para su primera obra, sigue los juegos de la literatura metaficcional, que es consciente de la teoría literaria, reflexiva, autoreferencial, lúdica y, sobre todo, en una anomalía que separa a Calvino del resto de escritores posmodernos, muy sentimental y honesta. Es imaginativa porque se ha propuesto ser el producto de limitaciones, no a pesar de éstas. De esta trayectoria también surge una serie de relatos que tienen como inspiración definiciones científicas y que Calvino llamó Cosmicomicas, y de las que elijo “El conductor nocturno”, un texto sobre el distanciamiento, las relaciones y la dificultad de la comunicación para hacernos saber lo que nos interesa y expresar lo que queremos decir. Como Las ciudades invisibles, la imaginación con que se presenta es admirable. Como Las ciudades invisibles, la historia es un pretexto para hablar de temas más íntimos. Ésta es la manera que tiene para decir lo que le duele. Ésta la forma en la que habla de su soledad.

2.- “Judas en flor”, de Katherine Anne Porter

Katherine Anne Porter es mi cuentista favorita y una de las mejores que he leído (acaso la mejor). Su prosa es barroca, muy ornamental, de atmosferas cargadas, oscuras, de aire viciado, miseria y sangre; con frases alargadas, rítmicas y poéticas. Es como la habitación de un palacio lujoso que ha sido abandonada y en el que el papel tapiz de las paredes está teñido de hollín y de mugre, un encuentro entre descripciones ricas, densas, muy elaboradas, retóricas, y tramas, personajes y acciones viles y violentas. “Judas en flor”, uno de mis relatos predilectos, cuenta la historia de una mujer que ayuda a un revolucionario corrupto y que, tratando de seguir sus ideales de libertad, ha terminado envuelta en una escalada de mezquindades e incluso ha sido ella misma la autora de actos que la perseguirán de por vida. El entorno de podredumbre es descrito de manera profusa con palabras musicales.  En un cuarto austero contrasta el traje recargado de adornos de plata del bandido que no tiene ningún reparo en asesinar a sus hombres. La poesía se recrea dando vida a traiciones y delirios. Todo es un juego de contrastes entre lo alto y lo bajo, lo noble y lo detestable, elementos que se modulan con maestría. El final es abrupto, imitando el despertar terrible de una pesadilla que ha hecho que respiremos con dificultad, sobresaltados. Habla de la muerte con la metáfora del sueño.  Tiene la cualidad y el sonido de los poemas. Es horrible y simbólico y hermoso. Es el escalofrío que produce un cuadro maestro en el que se ven, entre las pinceladas precisas y brillantes, los condenados del infierno.

1.- “El Aleph”, de Jorge Luis Borges

En el primer lugar no puede estar otro que no sea Borges. Y no porque sea el mejor cuentista o el autor del mejor relato de toda la historia ni nada por el estilo (aunque se podrían hacer argumentos a favor de una y otra de esas afirmaciones, pero son cosas que no me interesan particularmente: después de todo, para mí Borges es algo personal, casi una querencia). La razón por la que está en este puesto es más sencilla y hasta algo tonta: de todos los autores, era el que más fácilmente se podría adivinar que estaría en este listado, pues no me canso de hablar de él. Por eso he querido que fuera el que más se tardara en hacer su aparición, el último. Aunque me he traicionado un poco, porque Borges ha aparecido antes, como la sombra, el antecesor, el heredero, el maestro, el villano o el héroe de otros escritores, algo así como el cielo que está en todas partes. A mí me gusta mucho por lo que es su obra y lo que es para mí su literatura. Sus textos, lo saben sus lectores, son felices en sus referencias a grandes obras literarias, a teorías místicas, a tratados filosóficos, a la geografía de la ciudad de Buenos Aires y a postulados matemáticos. Su estilo es tan pulido que en sus traducciones parece más bien seco, pero en el español, y esa es una suerte, aparece como lo que es: elegante, intelectual, aforístico y muy sutil en su perfección (y sé que aquí soy hiperbólico, pero es difícil hacer evidente de otra manera todo el cuidado que existe detrás de cada uno de sus cuentos, tal que, una vez que ha encontrado la fórmula adecuada, no se cansa de repetirla, a veces copiando incluso la misma frase en más de un relato -algunos verán esto como una carencia, pero si eres feliz con algo, las repeticiones, más que entristecerte, te entusiasman, pues su mera existencia es una fortuna-). Sus tramas son originales y, debido a su fama, se han vuelto casi míticas: ríos que dan la inmortalidad, universos que se crean porque alguien los soñó o los puso en una enciclopedia, minotauros melancólicos, librerías infinitas, libros inacabables o, como en uno de mis relatos predilectos, la historia de un hombre, un Borges ficcional y enamorado, que encuentra un punto en la tierra en el que confluyen todos los puntos: “El Aleph”, que en su mayoría es un relato sobre el amor no correspondido y la literatura de vanguardias y en su centro es un poema inspirado en Whitman y que habla de todo el universo (y que es, además, una de las mejores páginas que he leído de cualquier obra). Estas características quedan, para mí, en segundo plano, porque lo que más me entusiasma es lo que ha sido para mí desde que lo leí por primera vez en un verano en que aún no acababa la preparatoria, cuando me encontré con uno de sus libros en una librería de viejo y lo leí, y lo entendí confusamente, y aún así me sorprendió porque antes no había sabido a ciencia cierta lo que era la imaginación fantástica. Y eso es Borges para mí. Para mí Borges es la literatura de imaginación. La literatura de las posibilidades, La literatura de la otra realidad. La literatura del intelecto que dibuja laberintos. La gran literatura. La literatura que leo con la mayor constancia. La literatura fantástica. La literatura que me hace feliz.

Mis cuentos favoritos (40-21)

Como he estado haciendo cada semana, les comparto la siguiente parte de mi listado de 100 cuentos favoritos. Espero les guste.

40.- “La dama del perrito”, de Anton Chejov

Desde hace muchos años he ido imaginando lentamente un video para este relato, aunque ya no estoy muy seguro de hacerlo porque siento que me rebasa. Es mi cuento preferido, aunque no tanto por una cuestión literaria. Es un gran relato, sin duda, para algunos es el mejor de Chéjov y eso ya podría significar que es el mejor relato de la historia, si les creemos a los que dicen que Chejov fue el mejor cuentista que hubo jamás (yo me emocioné mucho cuando Harold Bloom mencionó que pensaba que había dos escuelas del cuento: la de Chejov y la de los otros, a pesar de que no me agrada mucho Bloom). Sólo hablar de este relato me pone un poco triste porque es un cuento al que he interpretado de manera derrotista. Es una historia de amor protagonizada por un hombre patético que no sabe decidirse. Es un hombre insignificante y más bien burdo, con el que uno no podría empatizar demasiado. Ha ido por la vida como un cobarde. Ha dejado que las cosas se acomoden sin tomar ninguna decisión, sin buscar lo que lo podría hacer feliz, sin tener actitud o alma, conformista no porque las cosas le sean suficientes sino porque nunca ha tenido el espíritu para algo más, se ha rendido por indiferencia y por temor. Hasta que un día se enamora. Y esto podría seguir como una comedia cursi. Vaya, ésa era de hecho la idea original de mi video: ¿qué hace diferente a este relato de todas las comedias románticas que he visto? Había ido trazando todas las similitudes: dos personas, cada una en una relación insatisfactoria, se conocen casi por coincidencia, se enamoran y descubren por fin que la vida es algo más, pero se sienten culpables por enamorarse estando en una relación. Luego, uno de ellos se equivoca y el otro huye. Arrepentido, el que se ha equivocado busca a la otra persona porque, con un dolor agudo, se da cuenta de que el conformismo anterior es insoportable (como esa frase muy hermosa de Calvino que dice que hay cosas en esta vida que no son un infierno y que son a las que debemos darle espacio). Entonces se encuentran de nuevo y deciden ser valientes. Por primera vez en su vida, el hombre patético y melancólico y cobarde decide que hay algo que lo llama a ser mejor y que no está dispuesto a pasar la oportunidad. Hasta aquí, el relato de Chejov y las comedias románticas son muy similares. Pero entonces Chejov hace algo más. A sus últimos párrafos he vuelto demasiadas veces, cuando estoy triste y, más que salvarme, quiero sentir que antes ha habido alguien exactamente así, y que no intentará consolarme porque sabe que algunos silencios y algunos pesares no quieren ningún consuelo. En esas últimas páginas, el hombre se reúne con la persona que ama, están juntos en secreto, pero saben que, si quieren ser de verdad felices, deben dejar de esconderse. Si Chejov fuera otro, habría acabado las cosas con una nota positiva. Pero sabe que el mundo es trágico y que, aún cuando busquemos ser la mejor versión de nosotros mismos y tengamos algo por lo que continuar y esforzarnos y cambiar y, en fin, darlo todo, seguimos siendo humanos, y ni el mejor motivo para buscar la felicidad logra que el mundo se resuelva siempre a nuestro favor. Entonces escribe: “Y parecían estar a punto de dar con una solución con la que comenzaría una nueva y hermosa vida, pero ambos tenían claro que el final estaba aún muy lejos y que lo más complicado y difícil no había hecho sino empezar”. El relato termina, pero se entiende, o al menos yo lo siento así, que hay una vida que continúa más allá de las últimas palabras. No me refiero a la cursilería que se suele decir de que los libros están vivos o que los personajes parecen ser de carne y hueso, sino que me parece como si Chejov hubiera escrito una continuación y luego la borrara, como si supiera detenerse antes de que se acabara la historia para que el lector intuyera que seguía aún cuando él no la pudiera seguir. En el ensayo que preparaba para ese relato había escrito: “sus conclusiones no parecen el final abierto de un escritor que no sabe qué decir, sino que son como cuando en una película una puerta se va cerrando lentamente, y con esa última mirada que alcanzamos a dar podemos intuir lo que ya no podremos ver cuando la pantalla se quede en negro. Las cosas continúan”. La verdad es que me gusta sobre todo porque yo he sido muchas veces esa persona resulta que ha encontrado algo importante para seguir y, aunque lo he intentado, “lo más complicado y difícil no había hecho sino comenzar”. El cuento se llama “La dama del perrito” y es mi relato favorito de toda la historia.

39.- “A la deriva”, de Horacio Quiroga.

Aunque una parte de la crítica ha abandonado a Horacio Quiroga (recuerdo ahora mismo un comentario malicioso de Cabrera Infante donde decía que no leería sus cuentos ni bajo amenaza), aún hay algunas de sus obras que sigan siendo reconocidas como parte esencial de la literatura de nuestro continente. Si bien muchos de sus cuentos más conocidos ya no me sorprenden y hasta los encuentro tramposos, como “El almohadón de plumas” o “La gallina degollada”, textos formativos a los que la mayoría llegamos eventualmente y de los que seguramente se saben la trama de memoria, hay otros, como “Un hombre muerto”, tragedia sin tragedia (pues es un texto frío y distante que habla de la muerte de un hombre como se podría hablar de la muerte de una hormiga o de una planta -o, incluso más indiferente, como se podría hablar de una ecuación-), o el texto que elegí para este número, “A la deriva”, un relato, igual que la mayoría de su producción, sobre la repentina desgracia que acaba con la existencia de un hombre (y esto no es spoiler, pues una vez que se llega a conocer un poco a Quiroga se hace obvio que su gran obsesión, tanto en su trabajo como en su vida, fue la muerte). Lo interesante, en todo caso, es otra cosa. Es el camino hacia esa muerte, un camino que es literal y alegórico (el hombre baja por un río en busca del antídoto contra una mordedura de serpiente, y ese desplazamiento es como unos versos muy bonitos y famosos de Manrique que dicen: “Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir”). Lo que más impacta es la tranquilidad con que todo sucede, a pesar de que hay un sentido de urgencia. Quiero decir que, aunque el protagonista se da cuenta de la necesidad de encontrar un doctor, una vez que se ha subido al bote y navega por el río todo se vuelve suave, idílico, e incluso hace pensar en esas personas que mueren en sueños, sin enterarse del fin. En vez de la desidia con que suele registrar el fin de sus protagonistas, diría que hay casi una ternura en la forma en la Quiroga registró los últimos instantes de vida del personaje principal del relato. Es repentino, sí, pero piadoso. El hombre, antes de morir, estaba ya en el paraíso. Es la imagen que he preferido asociar a Quiroga, antes que otras, más funestas.

38.- “La despedida de una madre”, de Liudmila Petrushévskaia

Lo que me gusta de “La despedida de una madre” es una desconcertante tristeza al final de la lectura. A lo largo del relato, Liudmila Petrushevskaia, una de las autoras rusas más celebradas de la actualidad, presenta una historia a la que, de súbito, le da un tirón al último momento, haciendo que la trama se vuelva, en un instante, nebulosa, confusa, fantasmagórica. Pero el último cuadro es indudablemente triste, o al menos melancólico: un muchacho que ha crecido hasta volverse un hombre y que ese día ha ido a limpiar una tumba familiar. Sin embargo, por la revelación que ha hecho Petrushevskaia, por las dudas que ha sembrado, es difícil tener certeza de esa melancolía. Curiosamente, funciona a su favor, pues hay recuerdos a los que la memoria opaca vuelve más difíciles de llevar, como si un poco de olvido, más que ayudar a las penas, las amargara (yo he olvidado ciertos detalles de algunos de los días que aún me duelen, pero la sensación sigue siendo intensa). Alguna vez he visto preguntar en internet si es posible estar triste por algo que nunca ha ocurrido y pienso que este relato resuelve esa duda.

37.- “Historia de Abdula, el mendigo ciego”, de Las mil y una noches

Yo no he leído enteras Las mil y una noches (y me parece que esto es similar a cuando se dice que no se ha leído entero En busca del tiempo perdido, La historia de Genji, los Cuadernos de Valery o el Ulises: una cosa tan común que es hasta esperable, y un hecho que seguirá así posiblemente incluso hasta el final de los días), pero sí hay algunos cuentos que he disfrutado especialmente, de los que elijo, en parte influido por la recomendación de Borges, la “Historia de Abdula, el mendigo ciego”, que es, como muchos relatos de Las mil y una noches, una fabula moral sobre una tragedia irónica. En este caso en específico se trata de un hombre demasiado ambicioso y demasiado desconfiado que, igual que los héroes griegos, acaba siendo víctima de su propio carácter. Es un texto con todas las señas del estilo popular (trama sencilla, personajes arquetípicos casi caricaturescos, lenguaje sin complicaciones), lo que no quiere decir que sea inferior (no pocas cumbres de la literatura son obras populares -entre las que yo podría recomendar, por ejemplo, el romancero español o las canciones chinas anónimas-). Breve, sencillo, pero no falto de imaginación. Este cuento no desmerece de la obra de la que forma parte. Es no poco menos que un clásico.

36.- “Carcasona”, de Lord Dunsany

En el número 36 está el relato de Lord Dunsany titulado “Carcasona”. Durante mucho tiempo no me interesaron ni las gestas medievales ni las épicas de héroes míticos que blandían su espada por un rey y se enfrentaban a oscuras criaturas del mal. Hasta hace poco no había sentido curiosidad por las ambiciones excesivamente grandes, por el honor de la caballería. Pero poco a poco he vuelto a las historias que llegué a leer y que no llamaron mi atención por entonces y he encontrado, en algunos, alegorías sobre la angustia de los hombres, la insatisfacción por deseos imposibles, el honor como terquedad. Dentro de los que más he disfrutado en esta segunda ocasión está el texto de Dunsany que elegí. Habla de una comitiva que busca un lugar al que nadie ha llegado. Narra los difíciles trabajos de sus protagonistas para no extraviar el camino o rendirse. Formula, finalmente, un mensaje pesimista. Y yo soy muy dado a todo ello: a las contiendas imposibles que, sin embargo, no se pueden abandonar; a las historias cargadas de símbolos; y a los finales deprimentes. Dunsany habla de todo eso y además tiene un estilo refinado que hace pensar en su linaje noble y en los orígenes de la épica que eran poéticos (en las antologías en inglés se le clasifica como poema en prosa, pero yo creo que puede leerse de las dos maneras porque las narraciones y la poesía no siempre están separados y porque Dunsany tiene al mismo nivel lo lírico y lo argumental). Yo, que nunca he sido partidario de la literatura de fantasía medieval, admiro tanto esta historia que es ya uno de mis relatos predilectos.

35.- “Acerca de ciudades que crecen descontroladamente”, de Angélica Gorodischer.

En la misma línea que el relato de Dunsany se encuentra la obra de Angélica Gorodische que escogí para esta lista: “Acerca de ciudades que crecen descontroladamente”, una historia que recuerda a las Ciudades invisibles de Calvino porque muestra admiración, desconcierto y repulsión por las urbes, al mismo tiempo que las eleva a mitos y a metáforas de la vida de los hombres. Es un texto sucesivo, interminable, que juega con la idea de infinito y que, más que una historia cíclica, planea una espiral de hechos que se repiten con algunas variaciones. La historia la narra un literato de prosa densa, que usa frases largas que imitan los laberintos (la ciudad de la que habla, y que es la protagonista de la historia, inicia como una serie de túneles y acaba como un palimpsesto de épocas de esplendor y de ruina, de lujos y de austeridad, años que forman al final circuitos de calles enredadas). Supongo que alguien podría llamar a este estilo barroco por la variedad de su léxico, por sus párrafos sinuosos, por su tema o, en general, porque se asemeja a ese tópico del Renacimiento conocido como horror vacui, el horror al vacío (características que lo han convertido en uno de mis relatos predilectos). De Gorodischer se dice que es posiblemente la mejor escritora de ciencia ficción de América Latina y una autora de culto (lo que significa que es leída por un grupo menor del que seguramente merece, pero que sus admiradores la estiman de manera especial). Yo sé que su estilo es deslumbrante y que condensa, en unas páginas, toda una novela.

34.- “Donde su fuego nunca se apaga”, de May Sinclair

Aunque el infierno es ya una metáfora gasta del mal y del castigo, siempre me ha parecido un tema interesante. Compré hace años el famoso Diccionario infernal, de Jacques Collin de Plancy, un ilustrado francés que empezó a elaborar el libro con escepticismo y que, casi como si tratara de una historia macabra, acabó convencido de la existencia de los demonios y se volvió cristiano. Sé del infierno grecolatino del que da un ejemplo la Odisea en el canto en el que Ulises invoca a los muertos, del inframundo que Gilgamesh visita para buscar la vida eterna, del Infierno desmedido de Dante y las variaciones que le siguieron. Sin embargo, el infierno de “Donde su fuego nunca se apaga”, de May Sinclair, resulta, creo, más estremecedor y más moderno, no sólo por haber sido redactado después sino porque imagina la tortura con una nueva sensibilidad, más angustiante, en la que el tormento no está ni en los diablos ni en las llamas, sino en la repetición inevitable. A pesar de sonar anacrónico, me recuerda a algunas de las pesadillas que David Lynch ha filmado o al teatro absurdista de Becket si se dejara sólo el malestar y se extrajera el humor. Las repeticiones del relato lo vuelven asfixiante. El estilo es a veces opaco y por lo mismo las escenas resultan más condensadas y oscuras. Narra la aventura amorosa de una mujer y la transformación de esa historia en un horror. Logra que una escena cotidiana, que no parecería amenazante, se vuelva una agonía. Es otro infierno, uno que ya no amenaza el bienestar físico sino la estabilidad emocional. Esto acaso lo haga más veraz y, también, más temible.

33.- “La araña”, de Hanns Heinz Ewers

En el número 33 está “La araña”, de Hanns Heinz Ewers, autor alemán del que compré un libro después de leer su texto en la Antología universal del relato fantástico elaborada por Jacobo Siruela. En cuestión de estilo es un cuento convencional, sin usos sorpresivos del lenguaje, al menos en la traducción, pero eso no quiere decir que esté mal escrito o sea inferior a otros (a veces pienso que admiramos en exceso las innovaciones, cuando muchos comienzos originales sólo tienen la novedad a su favor). La historia en sí tampoco es insólita: se trata de la narración de un hombre que observa a un ser sobrenatural y cómo ese encuentro lo va trastornando. Dicho así parece el típico relato de apariciones de toda la vida, lo cual es cierto hasta cierto punto, pero también creo que muchas fórmulas lo único que necesitan es un acabado limpio, hecho con cuidado, para ser buenas o incluso grandes historias, como pasa con el relato de Ewers. Entonces, aunque no sea sorpresivo, simplemente porque tampoco comete ningún error el cuento se vuelve hipnótico, tiene algo atrapante que es una narración fluida en la que se presenta un hecho que despierta el interés y que hace que se desee saber la conclusión, a pesar de que el final se puede intuir. Está en esta lista, además de por ser uno de mis favoritos, porque me parece un gran ejemplo de cómo en ocasiones todo lo que se necesita para hacer un relato sobresaliente es tener cuidado en todos los recursos que se usan, aunque no sean los más disruptivos o novedosos. A veces a la originalidad le gana el trabajo, y creo que eso está bien incluso en la literatura.

32.- “El recital de junio”, de Eudora Welty

A Ewers le sigue un ejemplo en las antípodas del ámbito literario. Si Ewers no intenta ser sobresaliente estilísticamente hablando, Eudora Welty, por el contrario, hace gala de todas sus habilidades narrativas, las cuales son varias y difíciles de lograr. Como Juan José Saer, es otro ejemplo de esos escritores perfeccionistas que tienen grandes dotes en la narración y que no son tímidos al mostrarlos. “El recital de junio”, obra que puede leerse como un relato muy largo o como una novela corta (me parece recordar que es el cuento más extenso de toda la lista) es una clase maestra de lo que es saber escribir. Es el tipo de texto que uno lee y la primera vez siente envidia y la segunda vez siente resignación, porque al principio uno quisiera escribir como Welty, pero después se hace obvio que no se puede escribir así, que sólo unos cuantos autores tienen, en porciones tan abundantes, talento, inteligencia y perseverancia. La historia además tiene mucha fuerza emotiva. La trama gira en torno a tres mujeres unidas por las clases de piano a las que asisten, una como maestra y dos como alumnas. Las protagonistas están muy bien perfiladas, con sus características específicas, sus deseos, las actitudes que las hacen lamentables y comprensibles, las acciones que las hace conmovedores o despreciables. La maestra que vive de manera aparentemente anodina, incomprensible, a ratos obtusa y a momentos benévola; la alumna aventajada que, sin embargo, parece despreciar el arte; y la alumna mediocre que, aunque trata de mostrarse indiferente, tiene profundos sentimientos encontrados cuando se trata de las otras dos protagonistas. En medio de todo el caos de relaciones ocurre un recital explosivo y catártico que recuerda a los mejores momentos del romanticismo alemán. Es tierno, fuerte, hipnótico; uno de esos eventos que cambia la vida de las personas que lo presencian. Este pequeño universo de tragedias y destinos se eleva porque, además, el estilo de Welty tiene una gran complejidad narrativa y poética (la forma en que describe las emociones, la hondura psicológica de sus personajes, las descripciones nítidas, todo es del más alto nivel). Creo que es una de esas cimas de esta lista y es, se intuye, uno de mis relatos predilectos.

31.- “La casa de azúcar”, Silvina Ocampo

En la recomendación de “La casa de azúcar”, relato que consideraba el mejor de todos los que escribió Silvina Ocampo, Mariana Enríquez dijo que la escritora argentina le parecía superior a Bioy Casares. Si bien prefiero no antagonizar autores, debo admitir que estoy de acuerdo con esa afirmación. Bioy Casares, a pesar de sus diferencias evidentes con Borges, como el uso más frecuente de la ironía o la presencia constante del amor, sigue manteniendo una similitud innegable, que no necesariamente merma su calidad pero que sí lo hace aparecer como un autor menos atípico. Silvina Ocampo fue insólita y quizá únicamente se pudiera asociar con el grupo por las colaboraciones que realizaron juntos, por un interés común por lo fantástico y por el lustre muy cuidado de sus redacciones. Todo lo demás que conforma su universo destaca por sí mismo como una fuerza original. En el relato “Los objetos”, las cosas perdidas vuelven a su propietaria, primero como una bendición y después como un suplicio. En “La casa de azúcar”, el relato que se encuentra en este listado, una mujer supersticiosa parece ser víctima de una posesión. Las dos narraciones son un vistazo al infierno que dejan a la ambigüedad quién es el victimario y quién la víctima. Las dos pueden leerse como historias de venganza. Una y otra son apenas una muestra sucinta de una autora inteligente y original. Silvina Ocampo es mi cuentista latinoamericana favorita, mientras que “La casa de azúcar” es, indudablemente, uno de mis relatos predilectos.

30.- “El ex mago de la Taberna Minolta”, de Murilo Rubião

Murilo Rubião, el autor del número 30, es un escritor relativamente difícil de encontrar en español a pesar de que se le considera uno de los mejores cuentistas de Brasil (lo cual no es decir poco si se piensa en lo destaca que es la literatura brasileña y las abundantes figuras literarias especializadas en el relato corto que vivieron en ese país). Cabrera Infante, por ejemplo, que despreciaba a Quiroga y que de normal tenía altas exigencias para la narrativa, lo destacó en el repaso que hizo sobre la literatura corta para un especial de cuentos de la revista Letras Libres. A su lado ponía a Rubem Fonseca y a Guimaraes Rosa, autores mucho más conocidos y que pueden dar una idea de la habilidad de Rubião. “El ex mago de la Taberna Minolta”, el texto que citaba Cabrera Infante y que me gusta tanto que lo pongo en esta lista, cuenta las desgracias de un hombre sin pasado que tiene el don de la magia, don que lo ha hecho más desdichado que feliz. Es un texto humorístico, de estilo y tono ligeros, que acaba con un final triste, pero que no es del todo deprimente porque, a diferencia de otros textos cómicos, no es pesimista ni sádico. Diría que está más bien en el espectro de lo conmovedor, en esa parte en la que se puede sentir empatía sin que sea aplastante. El cuento divierte desde el principio y hacia el final deja una nota muy suave de melancolía. Me hace sentir una aflicción tan delicada que es casi otra forma de la ternura.

29.- “Ábrelo” (Khol Do), Saadat Hasan Manto

Varios de los relatos de Saadat Hasan Manto son tremebundos. Su impacto es, sobre todo, el mismo que deja presenciar un accidente. En “Tras el juncal”, una mujer se venga con un cuchillo de la amante de su pareja. En “Carne fría”, una esposa acuchilla a su marido por infiel. En el relato que escogí, titulado “Khol Do” y que está traducido como “Ábrelo”, Hasan Manto opta sin embargo por la sutileza. Cuando le enseñé el texto a Anna, ella también tardó un rato en darse cuenta de lo que significaba el final. Pero es un golpe, sin duda, sigue siendo una tragedia horrible, un acto inmundo. La historia habla de un campo de refugiados y de cómo, aún entre personas que deberían apoyarse, pues se encuentran todos juntos en una situación adversa, hay traiciones abominables. Es uno de los textos más difícil de la lista, no por su estilo sino por el tema que aborda y la sensación de derrota y asco que puede provocar. Supongo que es lo que muchos llamarían uno de esos textos que te hace “perder la fe en la humanidad”. No quiero caer en la simpleza de decir que los seres humanos somos detestables, pero este tipo de relatos me ha sembrado al menos algunas dudas.

28.- “Un médico rural”, de Franz Kafka

Que soy un gran admirador de Kafka es un hecho que nunca he pretendido esconder. Que su literatura se me hace ardua y que no logro entenderlo del todo tampoco es algo que haya ocultado, pero creo que de eso se trata su escritura, que Kafka es oscuro de manera intencional. No lo aprecio con ese afán intelectual que sólo busca lo difícil, pues no creo que lo que lo hace difícil sea un lenguaje demasiado complicado, un léxico rebuscado o referencias cultas y recónditas. De hecho, Kafka es un autor fácil de leer (los alemanes suelen decir que es uno de los autores que más rápido se puede comenzar a leer cuando se está aprendiendo la lengua, aunque he visto a traductores que dicen que eso es falso y casi que una trampa para los estudiantes desprevenidos). Lo que quiero decir es que ni sus historias ni la forma que tiene de contarlas tienen muchos obstáculos. Lo que pasa generalmente se hace evidente, las frases son cortas, mayoritariamente descriptivas, casi como pedazos de un informe (al punto que, creo recordar, Arendt decía que Kafka era un autor sin estilo). Incluso Foster Wallace, en un ensayo genial que le dedicó al escritor checo, menciona que sus chistes son lo contrario del rebuscamiento: son ridículamente obvios, son bromas muy simples. Y, sin embargo, o quizá justo porque son tan sencillas, siempre parece que hay algo más. Parece ser una contradicción común a los textos de tradición judía, algo que se puede ver en el Zohar, el libro del esplendor, cuando se habla de Jehová: que se usan paradojas para nombrarlo (una de las que mejor recuerdo lo describía como “aquello que se muestra mientras se oculta”). Lo que estoy intentando comentar es que la complejidad de Kafka está en otra parte, lejos de la academia, de la cultura bibliófila, del ensimismamiento literario. Kafka es una verdadera anomalía en la historia de las letras. Tiene algunas influencias evidentes, como Robert Walser, pero no es melancólico sino maníaco y ansioso. Con Walser uno esboza una sonrisa nostálgica que en Kafka se vuelve más bien una risa nerviosa. Sus textos por lo general no tienen una trama lineal, no en el sentido de que haya saltos temporales, sino a que es difícil saber cuál es su objetivo. En una narración habla de una criatura híbrida que es cuidada por un padre de familia. En otra, de un hombre que sueña con que el emperador le envíe un mensaje (un mensaje desconocido, que ni el propio soñador sabe de que se trata). Se habla generalmente de parábolas para explicar ese extrañamiento que producen tramas que se asemejan más a un vagabundeo de ideas que no al relato tradicional con inicio, nudo y conclusión. También lo han clasificado de absurdo porque hay algo indescifrable en la lógica de sus protagonistas (actúan como personas alienadas, toman decisiones típicas de insensatos, son excéntricos o ridículos y muestran una gran comprensión por hechos que al lector le resultan desconcertantes). Considero que hay de cierto en ambas declaraciones, pero que al mismo tiempo la literatura de Kafka es tan extraña que podría ser que se tratara de lo opuesto. A veces es cómico de la manera en que lo son las bromas incómodas y a veces es directamente siniestro, como en mi relato preferido de él, “Un médico rural”, que narra la historia de un doctor que sale a atender una urgencia mientras que en su casa un hombre brutal persigue a una de sus ayudantes. Mientras atiende al enfermo, su familia canta, y en un momento dado un caballo se asoma a verlo. Es irreal. Es irreal de una manera espeluznante. Es irreal de la misma forma en que lo son las pesadillas asfixiantes que no comprendemos del todo, pero que nos amenazan directamente. No creo que exista la originalidad en la literatura, pero, si existen, son sólo unos pocos, menos de una decena, los que lo han sido. Kafka se encuentra entre ellos. Una prueba es este cuento que es también una de mis narraciones predilectas.

27.- “El pellejo pintado”, de Pu Songling

En el número 27 he colocado un cuento popular chino registrado por Pu Songling, un erudito oriental que se dedicó a guardar memoria de estos textos. El relato se titula “El pellejo pintado” y aparece, entre otras, en una antología de textos que Borges apreciaba especialmente. La historia cuenta el encuentro con un demonio que finge ser una persona utilizando una piel sobre la que pinta las facciones del ser humano del que desea disfrazarse. El principio es una historia del horror. El final, un texto cómico y grotesco. Como muchas otras obras chinas de origen popular, el estilo es sencillo y claro. Valen, sobre todo, por los hechos extraordinarios que relatan, algunos en verdad insólitos e imaginativos. No tiene las vueltas de tuerca de otros cuentos orientales, ni la difuminación entre realidad y fantasía, pero sigue habiendo algo extravagante y mítico en esta obra (la clase de relatos que te hacen imaginar países maravillosos, por los que se pasean las criaturas más extraordinarias). Igual que el texto de Ewers, es una prueba más de que el relato sólo pide una trama interesante y que su autor sepa cómo contarla. “El pellejo pintado” cumple con las dos exigencias.

26.- “Romper el cerdito”, Etgar Keret

En el siguiente puesto está “Roper el cerdito”, de Ergar Keret, uno de los cuentistas más afamados de la actualidad, además de guionista y director de cine. El estilo de Keret es pop, mientras que sus tramas son lo que la crítica a veces califica de surreales y a veces de realismo mágico (lo que significa que hay elementos en apariencia ilógicos o fantásticos que se mezclan con otros comunes). Varios de sus relatos han adquirido popularidad y son bien conocidos, como “Extrañando a Kissinger”, la historia de un hombre al que su pareja le pide el corazón de su madre como prueba de amor, o “Listo para disparar”, que habla del enfrentamiento entre un palestino y un soldado israelí. “Romper el cerdito”, el texto de este listado, narra la historia de un niño que hace amistad con su alcancía. El estilo imita la ingenuidad infantil. La ternura que resulta de este procedimiento lo engrandece. Puede que a algunos su sentimentalismo les parezca fraudulento, un recurso barato usado para ablandar al lector. Yo pienso que tiene intenciones genuinas de expresar la bondad infantil y que, aunque a veces me hace desconfiar, llega honestamente a su conclusión agridulce, en el límite entre el chantaje emocional y el deseo de compartir una despedida triste. Quizá no sea el texto más logrado de toda la lista, pero sí es uno de los que más fácilmente pueden conmovedor y dejar, sin embargo, una especie de respiro de tranquilidad en el lector.

25.- “Dos imágenes en un estanque”, de Giovanni Papini

A Keret le sigue un autor que Borges admiraba tanto que lo plagió (después elaboraría una elocuente excusa en la que dice que “Otras lecturas lo borraron”, una curiosa manera de disculparse). Pero Borges no fue el primero ni será el último en sucumbir al peso de las obras maestras (pienso en Jan Potocki, que reescribió relatos de la antigüedad, y en Charles Nodier, un erudito francés que copió las copias de Potocki). Es comprensible. Cuando hay algo tan bien hecho, pulido en cada una de sus frases, con un final redondo, como lo es el relato “Dos imágenes en un estanque”, obra de Giovanni Papini, surge un deseo irreprimible de imitarla. Papini fue un escritor italiano que pasó su primera época como un provocador blasfemo y la última como un cristiano devoto. En “El demonio, tentado”, narra la historia de un hombre que ha dado con un plan con el que el diablo puede triunfar sobre Dios y tienta al demonio para que lo lleve a cabo. En “El día no restituido”, una mujer noble está a la espera de cobrar un día de juventud que dio en préstamo, de forma que pueda volver a sus años de adolescencia por 24 horas más. En “La visita del caballero enfermo”, el narrador se encuentra con un caballero que cree ser el producto del sueño de alguien más. Hay muchas historias más de Papini que podrían estar en esta lista. Decir que era un autor dotado es insuficiente. Fue uno de los escritores europeos más destacados de su generación, uno de los grandes narradores italianos del siglo XX y uno de los autores de literatura fantástica más brillantes de la historia. Estaba tan seguro de sus habilidades narrativas que escribió en su diario “Algún día gritaré y todos tendrán que escucharme”. Tenía razón. Sus narraciones tienen un estilo sarcástico, rabioso y sofisticado. No le apena mostrar su erudición ni su desprecio por el mundo. Odiaba el romanticismo. Fue futurista. Escribió una novela que puede leerse como una colección de cuentos titulada Gog, dentro de los que recuerdo la historia de cien frascos de vidrio donde palpitaban los corazones de cien cerdos. “Dos imágenes en un estanque”, texto que incluyo en esta lista y que es uno de mis relatos predilectos, narra el encuentro de un hombre con su yo del pasado. El tono humorístico de la obra tiene matices acres, típicos de los escritores misántropos. No es el tipo de textos humorísticos que comienzan como una broma y acaban como una tragedia. Es simple desprecio dinamitado en unas cuantas páginas, sin piedad ni autocomplacencia. Así me imagino debe ser el aborrecimiento de todo, hasta de uno mismo. Eso lo hace uno de los textos más memorables que he tenido la oportunidad de leer.

24.- “Flores de verano”, de Tamiki Hara

“Flores de verano” es un relato testimonial de Tamiki Hará. Clasificarlo de esa manera tiene sus contratiempos. El brillo que en un momento tuvo la etiqueta de testimonio se ha ido opacando conforme su uso se asoció crecientemente con una forma de justificar trabajos mediocres y con el desdén con que a veces se aplicaba para rebajar el valor literario de una obra al de mero documento histórico. Entonces hay que asegurar que es el rigor el que lleva a describirlo de esa manera y que el relato se mantiene por sí mismo, que más allá de ser la historia de un hombre que sobrevivió a la bomba atómica es una visión del infierno. Pero entonces caigo en otro problema: el de los lugares comunes. Porque decir que una obra es una “visión del infierno” ya no quiere decir nada, y es así que un hecho verdaderamente estremecedor se reduce a un tópico. Y, sin embargo, ocurrió, y es por su magnitud sinceramente inimaginable. Dar ya sólo una idea de lo que fue un hecho de ese alcance sirve para rebatir postulados populares en la actualidad que aseguran que escribir narrativa fantástica es más difícil o más valioso que ser un autor realista, sin pensar que hay hechos de la realidad que, de tan terribles o grandiosos, parecen irreales. Con todo esto quiero dar una idea de las dificultades de la retórica. Por eso se agradece que Tamiki Hará haya evitado esas complicaciones al decidir narrar su historia de la manera más clara posible, a camino entre el reporte y el cuento. Las escenas de devastación no cargan con un dramatismo superior al que de por sí tendrían, no hay giros argumentales ni escenas melodramáticas ni símbolos poéticos: es sólo la voz de una persona que se ha encontrado en medio del desastre y que, medio confuso, medio desconfiado, narra lo que ve como si estuviera muy lejos, como si apenas se diera cuenta de lo que ocurre, con esa incredulidad que, en principio, genera el trauma. A veces la realidad es menos creíble que la ficción. En esos casos, la tarea del escritor tiene el absurdo de hacer verosímil la historia. Ése, por sí solo, ya es un logro bastante grande.

23.- “La rata”, Witold Gombrowicz

Hay dos formas principales de abordar el absurdo: con angustia o con humor. Los primeros escriben horror y los segundos son raros. En el último grupo está Gombrowicz, que es de la misma estirpe que Kafka, Landolfi o Pedro F. Miret. “La rata”, el relato número 23 de esta lista, cuenta la historia de un bandido fortachón que atemoriza a todo un pueblo y cuyo punto débil son los animales del título. Hay tortura, pero la tortura es burlesca. Hay crueldad, pero la crueldad es una farsa. El estilo a momentos me hace recordar a los dibujos animados en los que un yunque caía sobre alguno de los protagonistas y los dejaba hechos un acordeón. Gombrowicz quiere ser así de hiperbólico, con sus villanos de caricatura, irredimibles, y sus héroes inocentes y bobos. Su manera de escribir tiene viveza, buen humor, fuertes contrastes que la agilizan. Gombrowicz, finalmente, enaltecía la inmadurez, adoraba la adolescencia como la época más destacable de la vida. Es un texto que parece escrito bajo el influjo de la felicidad (tan transparente es la diversión que lo motiva, una gran y tonta broma sobre el miedo y el rencor). El final, sin embargo, cambia el matiz y muestra algo más incómodo, que rompe de golpe con la feliz ridiculez del resto (como cuando alguien edita una caricatura haciéndola más lenta y el resultado produce pesadillas). Esta obra la conocí cuando una maestra habló del cuento más temible que había leído, de aquel que más angustia le había provocado. Desde que lo leí, se convirtió en uno de mis predilectos. Porque creo que hay dos caras del absurdo: la risa y el horror. Gombrowicz hace que las dos giren al mismo tiempo.

22.- “Un sueño realizado”, de Juan Carlos Onetti

Hubo una época en la que hice de Juan Carlos Onetti mi héroe personal. Poseía la obsesión rigurosa de los fanáticos que, como decía Henry James, tienen en su Dios la defensa misma de ese Dios. Algunas tardes leía sus entrevistas y me gravaba con entusiasmo las frases en las que creía encontrar su poética: que escribía para él mismo, que el único compromiso del escritor era la calidad literaria, que creaba sabiendo el final pero desconociendo cómo llegaría a él. Leía todo eso en una página que club cultura le dedicó, al lado de otros escritores. Luego, cuando cerraron el sitio, empecé a frecuentar otro que se llama onetti.net y que, más tarde, también desaparecería. La página llegó a albergar algunas de sus novelas completas (estaba, por ejemplo, Para una tumba sin nombre, uno de sus mejores títulos, pues donde Onetti destacaba, o al menos así lo creo, era en las novelas cortas y en sus relatos, que favorecen más el estilo denso y pesimista con que escribió su prosa). Aunque he dejado de buscarlo con tanta frecuencia, mi admiración por él sigue viva, y aún a día de hoy me parece uno de los mejores narradores latinoamericanos que he leído (y posiblemente mi novelista favorito de entre todos ellos). Sé que, aunque famoso, no es un autor que se haga de adeptos fácilmente. Sus narraciones son lentas. muy descriptivas y tienen un ritmo poético que las vuelve pesadas (yo diría hipnóticas, aunque soy consciente de que otros las encuentras insoportables). Es común que en sus narraciones pasen pocas cosas. En muchas páginas las personas caminan sin rumbo por ciudades sucias y disertan sobre la miseria humana. En ocasiones algunos se matan y en otras simplemente se vuelven infelices y viejos (o ya lo eran y cuando la historia acaba aún lo son). Muchos de ellos son fracasados y las narraciones se centran en la historia de ese fracaso. La mayoría de los acontecimientos están enturbiados por el estilo de Onetti, que prefería hablar de las cosas de manera indirecta, con frases sinuosas y repeticiones aletargantes. Vargas Llosa dice que, a pesar de su evidente valor, no es más popular porque es demasiado pesimista para los lectores. No sé si el hecho se pueda explicar así, pero sé que ha escrito más de uno de mis relatos predilectos, como “El infierno tan temido”, que obtiene el título de un poema del Siglo de Oro y que cuenta la venganza de una mujer que le arruina la vida a su expareja por medio de fotos de sus relaciones con otros hombres, o “Bienvenido, Bob”, otra historia de venganza donde el protagonista humilla con la vejez a un chico que lo despreció. O, finalmente, el cuento que elegí de él para mostrarles, “Un sueño realizado”, sobre una representación teatral que es a la vez feliz y desoladora. Como Onetti fue todo menos cambiante, el relato tiene las mismas características que el resto, lo que también quiere decir que es magnífico. Igual que muchas otras cosas que escribió, es una de mis cumbres personales. Más allá de su innegable calidad literaria, Onetti está aquí porque representa una parte de mi historia como lector. Es una de las pocas partes con las que aún soy feliz. Por fortuna, dudo que eso cambie.

21.- “Accidente durante el autostop”, de Denis Johnson

El último relato de esta parte de la lista es “Accidente durante el autostop”, de Denis Johnson. Johnson fue uno de los primeros autores que leí específicamente para este listado cuando comencé el proyecto hará ya varios meses. Su nombre salía en una serie de recomendaciones sobre el cuento que organizó un periódico inglés. Sus relatos tienen como centro las adicciones, pues el autor batalló con su dependencia durante varios años (creo recordar que nunca pudo superarla del todo, como los protagonistas de sus historias). Lo confesional, no obstante, queda en segundo plano en sus cuentos, que no son sólo la declaración de hechos de un adicto o la confesión de daños que a veces se necesita hacer como primer paso para recuperarse. Lo más interesante de su obra, de hecho, no es tanto que sus personajes abusen de sustancias, como la forma en que esa relación se representa en las historias. Hay lagunas mentales, alucinaciones, hechos que se contradicen unos con otros y posibles mentiras. Es la cúspide del narrador no fiable, ese tipo de voz que se hizo popular del siglo XX como forma de hacer evidente que la verdad es más compleja y menos clara de lo que se puede pensar. Pero incluso en un truco retórico tan gastado Johnson destaca. Lo que me gusta especialmente de su narrativa es que, a diferencia de otros narradores no fiables, los suyos se contradicen o son poco fidedignos no porque así lo deseen, no porque quieran escondernos detalles que los avergüencen, sino porque ellos mismo no pueden recordar con exactitud que ha pasado. Una parte de su vida ha sido devorada por las drogas y todos esos eventos, todos esos años, se han esfumado. Me parece que es una razón profundamente conmovedora para escribir así, con ese estilo, con esa voz, y es también una tragedia. Podría hablar ahora de los símbolos poéticos del relato, de las imágenes líricas, pero creo que la literatura queda ensombrecida por lo otro: el deseo constante de salir de un agujero negro. De esas historias de vidas arruinadas me gusta especialmente “Accidente durante el autostop”, que es también uno de mis relatos predilectos (y todo el libro del que forma parte, Hijo de Jesús, pues es sorprendente). El cuento narra la historia de un adicto que se ve envuelto en un accidente de coches. Su memoria es difusa. A la realidad se mezclan los desvaríos. Desde el presente en el que narra se puede escuchar su desamparo. Es un hombre muy desvalido que sabe que ha cometido algunas cosas imperdonables y que, peor, no las recuerda muy bien. Está solo hasta con sus errores, sin forma de redimirse. He leído pocas historias tan ásperas y honestas sobre los errores que cometimos y que ya no podremos enmendar. Me hace reflexionar, como sólo lo logran un puñado de libros, sobre qué he hecho de mi juventud, y me aflige.

Mis cuentos favoritos (60-41)

Igual que en entradas anteriores, va mi lista de mis cuentos favoritos y mis comentarios sobre cada uno de los relatos.
60.- “In the Cemetery Where Al Jolson is Buried”, Amy Hempel

Inicio esta parte de mis cuentos favoritos con uno de los relatos más tristes que he tenido la oportunidad de leer: “En el cementerio en el que está enterrado Al Johnson”, de Amy Hempel. El relato es lo bastante inteligente como para evitar las cursilerías fáciles sin renunciar al valor necesario para hablar con franqueza de la pérdida, el duelo y la amistad. Me agrada la honestidad con la que se enfrenta al sentimentalismo, sin poner una mueca sarcástica. Después de tantas lecturas burlonas, incapaces de admitir ni por un momento la ternura, es tranquilizador encontrarse con un relato en que sus personajes no temen la sinceridad ni tienen que amurallarse con bromas para hablar de lo que los entristece. Me hace bien leer textos así. El cuento narra las diferentes visitas que una mujer le hace a su amiga convaleciente. Para aliviar sus dolores, la protagonista le relata hechos curiosos, rarezas, trivias de animales. Desde un principio sus palabras son claras y tienen el aire de las despedidas. Es genuinamente conmovedor y amargo porque se decide a la sinceridad. Algunos quizá lo encuentren demasiado sentimental, pero a mí me pone suavemente melancólico, sin que duela demasiado, como una nubecita que pasa ligeramente oscura. Éste es uno de mis cuentos predilectos.

59.- “Sinfonía concluida”, Augusto Monterroso

A Augusto Monterroso, el número 59, la popularidad de uno de sus cuentos no le ha hecho bien, pues en diferentes circunstancias he visto que se le reduce a la minificción “El dinosaurio” y que se le trata de efectista, simplón o de artista de ocurrencias. Prefiero, para el caso, las palabras de Calvino, que llego a decir que Monterroso nació un clásico, igual que Borges. Con “El dinosaurio” se publicaron otros relatos más complejos y que dejan clara su valía como narrador. En el libro que los contiene, Obras completas (y otros cuentos), se publicó también “Sinfonía concluida”, que es uno de mis textos preferidos y que propongo para esta lista. Su trama es una confesión sin puntos, dicha con un solo aliento, en la que un hombre relata cómo es que encontró la pieza faltante de una famosa sinfonía de Schubert. He mencionado antes que hay textos que se hacen pasar por bromas, pero que en realidad son historias muy tristes. “Sinfonía concluida” es uno de esos textos. Su presentación ingeniosa, que copia en tono de burla los monólogos interiores, a veces hace subrepticio lo lamentable de todo el caso, lo que suele ser un recurso típico de Monterroso. Me permito la cursilería de decir que en uno de los textos de Monterroso me ha parecido encontrarme y que por eso tiene un significado importante para mí. Es una minificción, misma con la que concluyo este apartado sobre el autor guatemalteco. Se titula “El Rayo que cayó dos veces en el mismo sitio” y dice así: “Hubo una vez un Rayo que cayó dos veces en el mismo sitio; pero encontró que ya la primera había hecho suficiente daño, que ya no era necesario, y se deprimió mucho”.

58.- “Enoch Soames”, de Max Beerbohm

En mayo de 1916 se publicó la primera edición de “Enoch Soames”, cuento de Max Beerbohm. En la historia, el personaje principal hace un pacto con el diablo para que lo transporte al año 1997 y confirmar así si su nombre ha pasado a la posteridad y por lo tanto aparece en las historias de literatura del Museo Británico de Londres o si ha sido olvidado. En honor a este hombre triste, 86 años después de la publicación del cuento un hombre se paseó, vestido como el protagonista del relato, por la biblioteca del museo, simulando buscar algo entre los libros de literatura. Enrique Anderson Imbert, un escritor de Argentina, aseguró que era el mejor cuento que había leído. Creo que es fácil compadecerse de su protagonista, y hasta sentirse identificado, porque el afán que lo mueve es el de saber que su trabajo ha tenido algún sentido, que no ha desperdiciado años y fuerzas en una empresa inútil. Igual que el texto de Monterroso, el relato es una broma que acaba en tragedia, aunque quiera simular su pesar fingiendo una sonrisa. Me recuerda al cuento de Gogol, “El capote”, en la elevación de un personaje que al principio se manifiesta ridículo y después aparece como el más humano, el más digno de nuestra simpatía, un personaje de ficción que merece, al menos, el reconocimiento póstumo de la lectura.

57.- “Acéfalo”, de Leopoldo María Panero

Lo que me gusta de “Acéfalo”, el relato número 57 de esta lista y obra del poeta español Leopoldo María Panero, es que se asemeja más al esquema de un cuento que no a un cuento acabado, como su subtítulo bien lo indica al señalar que se trata, o así lo quiere hacer parecer Panero, de un proyecto por realizar. La prosa sigue el estilo de las ideas generales que uno apunta cuando planea elaborar más a fondo un trabajo, con anotaciones sobre qué partes necesitan descripciones y cómo ha de ser el ambiente. En el esbozo de la trama se nombra al conde Ugolino, famoso por aparecer royendo la cabeza de su enemigo en el último círculo del Infierno de la Divina Comedia. El cuento que Panero imagina habla del canibalismo que el conde Ugolino practicó encerrado en su torre. Narra, también, lo que habría sido de su cuerpo. Curiosamente, que sea una especie de borrador y las ideas estén más sugeridas que concretadas ayuda al ambiente terrorífico que el autor busca, quizá porque, al poner a la vista todos sus recursos retóricos, hace como los magos que exponen el sombrero vacío antes de extraer a las palomas de su fondo. Es un truco poco frecuente que logra distinguir al relato. Se agradece, además, que el cuento sea más que un truco, con méritos propios para ser una historia de terror memorable.

56.- “El nadador”, de John Cheever

John Cheever escribió durante años una serie de cuadernos donde confesaba sus frustraciones, sus deseos, sus errores, la vida doméstica insatisfactoria y las ansias amargas que le hacía padecer el alcohol. En una habla de lo decepcionado que está de su hijo Benjamin que, debido a una serie de problemas, ha vuelto a vivir con ellos. Tiempo después John Cheever le confesó a su hijo que deseaba publicar sus diarios, por lo que Benjamin, al preparar la edición, tuvo que soportar la vergüenza de ver cómo se refería a él su padre. La escena, triste y desagradable, recuerda una historia de Cheever en la que un hombre insensato, en una visita a su hijo después de mucho tiempo de no verse, acaba arruinando la reunión al lograr que los expulsen de cada restaurante en el que intentan comer. Así, creo yo, son la mayoría de sus personajes, una mezcla de ineptitud y de insensibilidad. En “El nadador” Cheever mantiene el ambiente suburbano común a su obra, pero agrega a su realismo citadino un giro fantástico: el trayecto que su protagonista realiza, de una piscina a otra dentro de un suburbio estadounidense, tiene algo de alegórico e irreal: es una referencia al aforismo de Heráclito que asegura que ningún hombre puede bañarse dos veces en el mismo río. Sin embargo, a Cheever parece importarle menos las posibilidades fantásticas que la atmósfera decadente y depresiva del relato. Sus palabras finales, si bien aseguran que algo extraordinario ha ocurrido, sirven más para hablar de la tristeza de su protagonista que para describir la oscuridad de la noche, pues, citando las palabras que Cheever usó para describir a Hemingway: “lo que recordamos de sus obras no es tanto el color del cielo como el absoluto sabor de la soledad”.

55.- “La trama celeste”, de Bioy Casares

Al hablar de Bioy Casares resulta inevitable mencionar la larga amistad que forjó con Borges. Solían reunirse para discutir las obras que admiraban o que les repelían, entre los dos escribieron relatos policiales y junto a Silvina Ocampo hicieron la famosa Antología de literatura fantástica. Bioy Casares, que admiraba y quería a Borges, registró las tardes que vivieron en una obra extensa que revela facetas del autor de Ficciones que antes apenas se podían intuir. Pero esta amistad tuvo sus contrapartes, y una de las más tristes es que la obra de Bioy Casares a veces se ve ensombrecida por esa relación. A pesar de que siento que también es innegable la influencia borgiana en sus relatos, algo que en sí mismo no está mal y tampoco me parece una vergüenza admitirlo, hay algunas distinciones que salvan la literatura de Bioy Casares de ser rebajada a simple copia (por más que crea también necesario decir que sí existen similitudes importantes y que parecerse a un autor no es un delito). Entre estas diferencias está el tono más desenfadado de los relatos de Bioy Casares, su uso más frecuente de la ironía (y, también, más obvio) o la temática constante del amor. “En memoria de Paulina”, por ejemplo, relata una idealización amorosa. Su obra más conocida, la novela La invención de Morel, cuenta el intento desesperado de un hombre por permanecer al lado de la mujer que ama. “La trama celeste”, cuento elegido para esta lista, aunque no habla de amores sino de viajes a otros mundos, usa para la revelación de su enigma un mecanismo común a las historias del autor de “El perjurio de la nieve”: descubrir a cuenta gotas su misterio. La calidad de su prosa, sin embargo, justifica su valor aún cuando el secreto ya es conocido. Quizá el mayor parentesco de Bioy Casares con Borges sea la constancia con que dieron grandes obras.

54.- “La novela de lo grotesco”, de Sherwood Anderson

Llegué a Sherwood Anderson por un proyecto de cuentística elaborado por mi universidad. Era una serie de cuadernillos que reunía dos o tres relatos de diversos autores de todas las regiones, algo así como un pequeño canon de la narrativa corta. Ahí estaban también Héctor Manjarrez, Italo Calvino o Katherine Anne Porter. Anderson brillaba brevemente en mi memoria como una de las tantas figuras alrededor de Faulkner, autor que por entonces me emocionaba (aún lo recuerdo con entusiasmo, aunque hace mucho que no lo leo). Faulkner, igual que Hemingway, admiraba a Anderson. Pero también es cierto que el círculo intelectual estadounidense a veces parece provinciano y da la sensación de que sus lecturas son, mayoritariamente, locales, lo que tiene como consecuencia que algunos de sus autores más ensalzados sean en realidad poco más que destacables si se les compara con la extensa lista de escritores hispanos, europeos o asiáticos poco leídos en Norteamérica. Anderson, por suerte, me pareció valioso. Aunque algunos lo ubican como una influencia importante para la generación de entre guerras, fuera de compartir el estilo directo y la ambientación cotidiana se distingue de los autores posteriores por su optimismo, o al menos tan optimista como puede resultar una obra que no se sume en la miseria de la manera en que lo hacen las novelas de Faulkner y los cuentos de Hemingway y todo lo que escribió Salinger. “La novela de lo grotesco”, cuento que incluyo en esta lista, se mueve más por una teoría que una trama. El relato habla de la hipótesis que tiene un escritor sobre la vida y lo que lleva a los hombres a volverse grotescos. Parece pesimista, pero su parte final es semejante a la última de Las ciudades invisibles: habla del infierno para enseñarnos de qué manera podemos evitarlo. Es una apuesta ardua y acaso crédula, pero su propósito es noble y creo que el coraje que se necesita para hacerlo es valioso.

53.- “Subasta”, María Fernanda Ampuero.

En el número 53 está un relato terrible en tanto que lo que cuenta es algo que sucede aún hoy en día y no es difícil imaginar que pasa de la misma manera en que se narra. El relato se titula “Subasta”, fue escrito por María Fernanda Ampuero y su historia habla de la esclavitud moderna. Como se puede deducir fácilmente, hay una subasta en la que lo que se venden son las vidas de personas secuestradas para el caso. Su materia no es fácil, pero aún así la narradora se dirige a los hechos de manera directa, sin suavizar la dura realidad que expone. Es una narración en primera persona desde la perspectiva de una víctima que, haciendo acopio de sus recuerdos, trata de encontrar una manera de escapar. Hay asco y rabia en el cuento que acaban convirtiéndose en asco y rabia también para el lector. Pero su mérito no es sólo la denuncia, porque eso es algo que se podría encontrar en cualquier informe sobre el tema, sino que se desarrolla con talento y mucha frialdad de plomo que, curiosamente, en parte ayuda al desfogue de furia que provoca la impotencia de saber que éste es el mundo en el que vivimos. No suelo ser afecto a esa frase de la crítica que habla de “textos necesarios”, pues muchas veces sirven para tratar de elevar obras pobremente compuestas, pero en este caso me siento más seguro diciéndola porque el cuento de María Fernando Ampuero se sostiene por sí mismo, mientras que su denuncia lo hace, si no necesario, sí una importante aportación a un tema que sigue sin resolverse aún hoy en día.

52.- “Los muertos”, de James Joyce

Nunca he acabado de leer El Ulises. O, sincerándome, apenas comenzar como lector, investigando cuáles eran los mejores libros, di con esa novela, pasé algunas páginas y el hecho de no enterarme de mucho me impresionó lo suficiente para no haberlo intentado en todo el tiempo que media desde mi juventud a ahora. He leído, eso sí, después, algunas creaciones más digeribles de James Joyce, dentro de las que se incluye Dublineses, libro de relatos que incluye la obra del número 52 y que se titula “Los muertos”. Hace poco lo volví a leer y me recordó gratamente a una película de Bergman que me gusta mucho, Fanny y Alexander, pues el inicio es una fiesta invernal alegre y hasta burlesca que da paso, en su segunda parte, a una narración sobria, triste, que es una meditación sobre lo arduo de la vida, sobre amores perdidos que son más intensos que el presente. Me aventuré con la traducción porque aún queda un poco de ese miedo adolescente que le cogí a Joyce y no quería sentirme abrumado, así que no sé si hay el tipo de juegos de palabras por las que es conocido. En realidad la forma es relativamente tradicional, como muchas otras narraciones decimonónicas, a pesar de haberse publicado el mismo año de las vanguardias. Como en los cuentos del siglo XIX, hay un contraste de escenas que simbolizan dos estados emocionales opuestos: la dicha efusiva de la celebración y el desconsuelo amoroso. Creo que no digo mucho si menciono que está muy bien logrado, que las escenas del festejo son cómicas y suaves, que el desenlace es desolador, que toda la narración fluye sin problemas y que hay un talento inmenso en los retratos de los personajes, sus diálogos y lo genuino y creíble de sus acciones. Es Joyce, finalmente. Agregarle más alabanzas parece hasta una pérdida de tiempo, entonces sólo me queda decir que Bloom llegó a comentar que si Joyce sólo hubiera escrito Dublineses aún sería recordado como uno de los escritores más destacados de la lengua inglesa y que esa declaración no parece del todo exagerada.

51.- “El huésped”, de Amparo Dávila

A Amparo Dávila no la conocí por “El huésped”, el cuento que más me gusta de ella, sino por “Alta concina”, una historia sobre la preparación de un platillo que está escrita como un cuento de horror. Recuerdo vagamente a una cocinera ruda, violenta, fría, cocinando unos animales indefensos. La profesora de español que nos había hecho leer el relato le comentó a la clase que ella creía que eran caracoles o chapulines los animales que acababan en la olla. Yo pensaba que no eran ninguno de los dos, sino algo fantástico, y que su muerte, que me inquietaba mucho, era muy triste. Me parece que llovía en el cuento, pero puede ser que eso lo haya agregado yo porque me había puesto melancólico. También un ser indefinible es el que se pasea por las páginas de “El huésped”, relato en el que un hombre trae de imprevisto a un especie violenta y terrorífica para que su esposa se encargue de cuidarla. La historia, igual que varios cuentos fantásticos, soporta la lectura alegórica y la literal: que la bestia que ronda por las habitaciones es una metáfora de violencias reales y más horribles o que es un encuentro con una vida irreal y perturbadora.  Esa ambigüedad, que varios escritores de terror cultivan con mucho menor éxito, le da al cuento su cariz fantástico, y acaso más profundo que otros relatos de este subgénero porque no hay elemento que pueda despejar la duda. En 2015 fue instaurado el Premio Nacional de Cuento Fantástico para honrar a la que fue una de sus mejores exponentes. Su relato “El huésped” es uno de mis cuentos predilectos de la literatura fantástica o de cualquier otra.

50.- “Cita en el día del crisantemo”, de Ueda Akinari

“Cita el día del crisantemo” es una narración del que es considerado el mejor cuentista japonés del siglo XVII, Ueda Akinari. Es un relato clásico más allá de su popularidad, pues tanto su trama como su estilo, técnica y recursos narrativos pertenecen a la forma reconocible de los textos tradicionales, quizá carente de innovación pero no por eso menos efectiva. Narra la historia de dos hombres afines que prometen volver a reunirse el día del crisantemo. Por la forma en que se enfrentan a sus responsabilidades, sus protagonistas se vuelven modelos del honor y, en ese sentido, son conmovedores. El texto exalta la lealtad a través de mecanismos fantásticos. Su trama proviene de un cuento popular y su estilo mismo puede confundirse con el de una leyenda, pero eso sólo le añade un sentido de intemporalidad. Aunque sencillo, el relato de Akinari pone en evidencia que no todas las historias necesitan de un lenguaje complejo ni de una estructura intrincada para realizarse de manera excepcional.

49.- “Signos y símbolos”, Vladimir Nabokov

Lo que más me gusta de “Signos y símbolos”, el cuento de Vladimir Nabokov que se encuentra en el número 49, es su inusual sentimentalismo. Sería bueno recordar que Nabokov se distingue especialmente por una serie de rasgos: un dominio pomposo de la lengua inglesa que hace evidente en sus constantes juegos de palabras y en un uso recurrente de figuras de dicción, las referencias eruditas, su poliglotismo y, finalmente, aunque no menos importante, un tono irónico ladino. La historia de “Signos y símbolos”, sin embargo, es menos maliciosa, a pesar de la particular paranoia que afecta a uno de sus personajes y que parece una enfermedad literaria, aunque es real. El cuento narra la vida y las preocupaciones de dos padres que tienen internado a su hijo en un sanatorio. Usa un procedimiento en el que, según Nabokov, superpone dos tramas como si se trataran de dos películas transparentes, de manera que una deja entrever a la otra. En realidad, no es muy distinto de la técnica tradicional del cuento (y habría que recordar a Piglia, que dijo que todo relato tiene siempre dos historias), aunque Nabokov sepa darles un acabado especialmente pulcro, con su clásico toque refinado de esteta. Pero, a pesar del juego metaliterario de la obra, de las referencias sombrías e intelectuales, sigue siendo la historia de dos personas que tratan de sobrellevar los problemas acaso demasiado grandes que les ha puesto la vida. Es una nota peculiarmente humana en un autor que se enorgullecía especialmente de su técnica y su intelecto.

48.- “La mujer de Gogol”, de Tommaso Landolfi

A Nabokov le sigue Tommaso Landolfi, autor italiano de culto que gozaba también de la farsa y el exceso. El relato que he elegido, “La mujer de Gogol”, es el más grotesco y extravagante de todos los que conforman esta lista. El narrador reconstruye los últimos días del autor de Almas muertas, asegurando haber sido testigo de hechos inexplicables. Todos los sucesos son hiperbólicos. El final es burlesco sin límites. Diría que está hecho con saña, desenvolviéndose lentamente mientras una larga carcajada se dibuja en el rostro de Landolfi, algo así como un espasmo demente. Trata de imitar lo anómalo de la narrativa de Gogol, ese absurdo excéntrico que hay en narraciones como “Diario de un loco” o “La nariz”. En términos de extravagancia lo supera con creces. Sin ninguna dificultad se le puede calificar de raro e incluso ese adjetivo le queda corto. Creo que no he leído a un autor más descaradamente irreal, al punto de creer que la burla nunca estuvo dirigida hacia Gogol sino hacia el lector. No sé a qué quería llegar Landolfi, pero me parece admirable. Estaba haciendo algo distinto en un oficio de repeticiones. Pienso que esto es lo que se llama ser original.

47.- “La tercera orilla del río”, de Guimaraes Rosa

En el número 47 está “La tercera orilla del río”, de Guimaraes Rosa, autor brasileño que fue, según Juan Rulfo, “el más grande autor que ha surgido en las Américas” en el siglo XX. Su obra más conocida es Gran Sertón: veredas. Su prosa es densa y elaborada. Es, lo que se suele decir, un narrador poético. Se asemeja al modernismo anglosajón, que es otra manera de decir que es ambicioso y que sus textos tienen la complejidad de esos escritores que parece que se han puesto el reto de hacer uso de todos los recursos literarios que dominen. No obstante, el relato que presento aquí es una cosa distinta, más contenido, un cuento en el que un padre de familia decide subirte a un bote y navegar un río por todo lo que le quede de vida, quizá hasta la eternidad. La trama se desarrolla como una alegoría, pero es difícil saber de qué. El relato tiene claridad pero resulta misterioso, aunque justo para eso existe: es un misterio en el sentido de las cofradías, las sociedades secretas, los ritos sacerdotales de las religiones panteístas: su idea es que nunca acaba de revelarse del todo qué es lo que ocurre o la razón por la que sucede. A pesar de eso, no se engrandece demasiado. En el fondo es también la historia de una familia y una ausencia. Su profundidad es triste. Por eso me agrada.

46.- “Roblemar”, de George Saunders

En el número 46 está un relato humorístico de George Saunders titulado “Roblemar” y que es también uno de mis predilectos. Es uno de los pocos relatos de comedia de la lista, lo que se debe más a mis preferencias personales que no a la falta de buenos textos cómicos, aunque sí creo en la frase que dice que el humor es una de las cosas que peor envejece. Por fortuna, el texto de Saunders tiene mucho más a su favor que un par de chistes. El tipo de bromas que despliega se basa en el humor pop americano, con constantes referencias a los tabúes y a la comedia física. Su protagonista es un hombre que, para velar por su familia, trabaja como stripper. Un día recibe la visita de un ser del más allá que le da consejos sobre cómo obtener mejores propinas. Suena absolutamente ridículo y lo es. Sus protagonistas son torpes, insensibles y están en mala forma. Básicamente son una caricatura de los estadounidenses. Lo que salva al texto de ser una parodia más es que tiene compasión por sus personajes, aunque dicho así sigue sonando condescendiente. La norma es que los comediantes elijan un blanco y disparen despiadadamente contra el objetivo de sus burlas. Sauders, en cambio, habla de lo que es gracioso en la vida de sus personajes, sin mirarlos por encima del hombro, sin exaltarlos, sin hacer de ellos más un objeto inamovible que no la serie de contradicciones y penas que somos la mayoría de gente. Esta consideración con sus creaciones los vuelve más convincentes y profundos. Uno puede empatizar más fácilmente con ellos y, en última instancia, reconocerse un poco en sus tragedias (todos, llego a pensar leyendo a Saunders, somos un poco ridículos). Hacia el final, estas estrategias dan resultados: lo que comienza provocando una carcajada acaba dejándote vacío. También para eso es el humor.

45.- “Un vasto y desierto paisaje”, de Kjell Askildsen

Al hablar de Rubem Fonseca dije que para mí había dos grandes escritores especializados en el retrato de psicópatas. Uno era el narrador brasileño. El otro es Askildsen, autor de “Un vasto y desierto paisaje”, el relato del puesto 45. Askildsen nació en Noruega. Desde el inicio de su carrera literaria ha sido reconocido y a lo largo de su trayectoria ha obtenido la mayoría de los grandes galardones literarios del ámbito nórdico, a excepción del Premio Nobel, del que, por cierto, es uno de los candidatos. Es conocido por su estilo malhumorado y sobrio, por el que desfilan personajes fríos, desconectados de su comunidad, misántropos a la espera de morir. En lo personal, prefiero a Askildsen en su retrato de este tipo de protagonistas, pues siento que Rubem Fonseca tiende a cierta idealización de los hombres violentos (la violencia en sus retratos es ritual y, por lo mismo, muchas veces estética, lo que hace clara la fascinación de su autor por los asesinos). Askildsen, por el contrario, no muestra mucha empatía por sus creaciones, lo cuál podría parecer una actitud más fácil de llevar (generalmente lo es), si no fuera porque la representación de los psicópatas en los diferentes medios normalmente resulta o en una extrema caricatura de la maldad, o en una suerte de disculpa en la que los villanos son sólo producto de su entorno y, por lo tanto, todas sus acciones están disculpadas de antemano. No es así con los misántropos de Askildsen, que, ni son caricaturas, ni aparecen como antihéroes con causas sociales. Son, simplemente, personajes terribles, carentes de empatía, pero buenos actores en la fachada que usan para moverse en el mundo. Por eso mismo el estilo del autor noruego es tan efectivo, porque está desprovisto de cualquier toque emocional. Al leerlo, da la sensación de que está hablando una máscara vacía. Y, creo, es el escalofrío de encontrarse con un ser así, desprovisto de cualquier nota sentimental, la que evoca mejor el desapego a todo lo que es humano, la que, más que fascinado, te hace sentir totalmente incómodo, con un poco de asco y muchas ganas de que se acabe el cuento.

44.- “The Husband Stitch”, Carmen Maria Machado

En el siguiente puesto se ubica “El punto para el marido”, título que hace referencia a una práctica en la que se modificaba el cuerpo de la mujer sin su consentimiento. El texto fue escrito por Carmen Maria Machado, autora que usa varias historias de terror para hablar de la sexualidad, las relaciones afectivas, las convenciones sociales y la violencia. En el arte hay algo llamado pastiche, que consiste en parodiar diferentes estilos o historias y, por medio de esta imitación, hacer algo nuevo. Y eso es justamente lo que hace este relato con las leyendas urbanas de horror más conocidas, como el monstruo del lago, el asesino serial suelto, la niña que muere al visitar un cementerio para cumplir con un desafío o la mujer que lleva siempre atado al cuello un listón para esconder así un secreto monstruoso. Leer el relato se vuelve semejante a hacer una maratón de películas sangrientas, del tipo de películas en las que un psicópata merodea de noche en busca de su siguiente víctima, sin que nadie sea capaz de detenerlo. El estilo es metaliterario en sus referencias a las leyendas urbanas, pero también en las indicaciones que da para leerlo (porque éste es un relato que te dice qué tipo de voz le debes poner a cada uno de los personajes, o qué actividades te sugiere que hagas mientras lo lees para poder entender mejor los sentimientos de su narradora). La frescura que estas anotaciones le dan al texto contrasta con la ambientación tétrica que lo rodea, pues es fácil intuir que algo malo ocurrirá en cualquier instante. Su gran truco, además del estilo siniestro, la estructura que se va alternando entre historias de horror e historias personales, la imaginación con la que apela a sus lectores, es servirse de historias que todos hemos escuchado alguna vez de niños y volverlas, al juntarlas, algo novedoso.

43.- “La carta en el barril de cemento”, de Yoshiki Hayama

De Yoshiki Hayama sólo conozco un cuento y me parece que no hay mucho más traducido de él al español. No es un nombre con el que me haya topado antes de leer el relato que escogí para esta lista, “La carta en el barril de cemento”, porque, por lo que puedo ver en línea, tampoco ha sido un autor muy relevante en el entorno japonés. Di con Hayama porque, al preguntarles a mis amigos por sus relatos favoritos, me recomendaron esta historia sobre una carta en la que se describe la muerte de un obrero. Es un relato muy sencillo, tanto de acción como de forma. No hay grandes giros argumentales ni fuegos pirotécnicos de estilo. Es sólo la vida y la muerte de una persona, una vida y una muerte que pasaron desapercibidas por muchos y de las que sólo da testimonio una carta. Es un hecho cruel, que se describe de manera honesta; triste, pero sin sentimentalismos, apenas como quien dice algo porque no puede quedarse en silencio, porque necesita dejarlo ir. Creo que no todos los relatos favoritos tienen que ser grandes relatos, obras maestras de la técnica, perfectos y redondos y sorprendentes. A veces están bien estos pequeños cuentos. A mí me gusta mucho ese tipo de relatos, siento que también vale la pena leer estas historias.

42.- “El observador de caracoles”, Patricia Highsmith

En el número 42 está un relato que un amigo me contó cuando iba en la universidad. Era una costumbre que teníamos por entonces y que creo en general cualquier persona lleva a cabo cuando hay algo que le apasiona. Nos recomendábamos libros relatándonos la trama y diciendo qué es lo que encontrábamos interesante de los textos. Yo descubrí a Patricia Highsmith porque mi amigó me contó la historia de un hombre obsesionado con el apareamiento de los caracoles, un relato irónico y oscuro que se titulaba, justamente, “El observador de caracoles”, y que una autora misántropa, conocida por evitar las relaciones y por llevar en su bolso algunos especímenes de estos animales, había escrito a caballo entre las comedias, las obras absurdas y las historias de terror. Después, cuando por fin lo leí, entendí que era fascinante por lo ridículo de su argumento, por los toques humorísticos que se van asomando y por la crueldad con que está escrito, aunque no sea una crueldad tan evidente sino una saña que se hace obvia por el tono y el destino de su protagonista. La historia podría ser perfectamente el guión de una película de serie “B”, mientras que el estilo lo separa de los textos efectistas y casuales. Su argumento prueba que nuestras pasiones pueden volvernos personajes extravagantes de un momento a otro, y que la obsesión no sólo lleva al horror sino al ridículo.

41.- “Historia de mariquita”, Guadalupe Dueñas

Tanta fe tenía Guadalupe Dueñas en sus historias que, después de autopublicarlas, se presentó a una feria del libro y, pidiendo un espacio en el estante del Fondo de Cultura Económica, pudo venderlas al lado de otros libros de la editorial. Tanto talento había en estas historias que un reconocido crítico, Emanuel Carballo, pidió que la editaran. El relato que lo convenció es el misma que presento ahora: “Historia de mariquita”. Habla de una extravagante reliquia familiar ocurrencia del padre: una de las hermanas fallecidas estaba preservada en un frasco de vidrio. Lo particular del texto es que es menos una narración morbosa y más un cuadro de familia a caballo entre el humor y la tristeza. No busca alienar a sus protagonistas ni presentarlos como excéntricos. Se trata más de la costumbre atípica que está en el centro de la historia familiar de muchos, las tradiciones que, bien vistas, quizá carezca de lógica, pero que son una parte fundamental en la cohesión de una serie de personajes congregados por el azahar, esa lotería que es el parentesco. Su valor es el de esos relatos que, haciendo uso de un evento común, lo enfocan bajo una nueva perspectiva, lo que al mismo tiempo los vuelve complejos y cercanos, hace que sean un símbolo transparente y, también, una metáfora de algo más, una representación de todas las rarezas de familia que, a su vez, nos hace también un poco atípicos y también universales.

Mis cuentos favoritos (80-61)

Igual que en la entrada anterior, les comparto mis comentarios sobre algunos de mis cuentos favoritos.

80.- “Diario de un loco”, de Lu Xun

Abro esta segunda parte con el relato “Diario de un loco”, quizá el cuento más reconocido de la literatura china del siglo XX, texto escrito por Lu Xun (autor que varios ven como el padre de la literatura china moderna) y que narra la historia de un hombre que cree estar rodeado de caníbales preparándose para devorarlo. Si bien desde un principio se establece que la narración del cuento es producto de una mente trastornada, la intensidad de los hechos que se cuentan, aunado a la angustia que imprime la voz de un hombre que teme por su vida, hacen que el cuento aparezca como una advertencia creíble, un hecho horroroso contra el que sólo una persona se ha atrevido a hablar. “Diario de un loco” es uno de mis textos de horror favoritos. La exclamación final, desconsolada, me recuerda a esos gritos finales de las víctimas de las películas de terror de los 80, cuando el asesino imparable volvía desde la muerte para acabar su venganza. Lu Xun es ágil y estremecedor y una excelente introducción para esta parte de la lista y para la literatura oriental del siglo pasado.

79.- “Engranajes”, de Ryunosuke Akutagawa

Siguiendo con las obras de Asia, en el número 79 se encuentra “Engranajes”, de Ryunosuke Akutagawa, cuyo nombre ha quedado inmortalizado en uno de los premios más importantes de Japón. Akutagawa, conocido también por haber escrito el texto en el que se inspiraría Kurosawa para su película Rashomon (un relato titulado “En el bosque”, que juega con los puntos de vista y que posiblemente le sirva a su autor para sostener que es imposible saber la verdad siempre), redactó también una obra estremecedora que puede entenderse como producto de sus lecturas de los simbolistas o como un homenaje al Muzan-e (un tipo de pintura japonesa que retrata sucesos sangrientos con toda la crudeza posible) y que lleva el título de “El biombo del infierno” (y que es, además, una reelaboración de un cuento popular). Sin embargo, opto, más que por la destreza técnica de “En el bosque”, más que por el sadismo decadente de “El biombo del infierno”, por el retrato de un hombre paranoico que se encuentra entre las páginas de “Engranajes”. La costumbre literaria ha hecho que las representaciones más comunes de los enfermos mentales sean las que los colocan en el papel de asesinos psicóticos o desenfrenados, olvidando que en la realidad su papel suele ser el de víctima, marginados de la sociedad, blancos del abandono y el desprecio. “Engranajes”, sin embargo, da un testimonio en primera persona de la angustia que sufre una persona que teme por su salud mental, dudando siempre de sí y del mundo, cada vez más restringida, más frágil. El relato acaba con un derrotismo deprimente, una declaración que se hace con total naturalidad y que por eso mismo es tan desconsoladora. Creo que es uno de los mejores textos de Akutagawa y la mejor representación que he leído hasta la fecha de lo que es sufrir una enfermedad mental.

78.- “Silencio”, Lucia Berlin

Lucía Berlin fue un descubrimiento para el mundo literario cuando se publicaron los relatos de Manual para mujeres de la limpieza. Ese año apareció en las listas de los mejores libros y le llevó a su autora la fama y el reconocimiento que nunca obtuvo en vida y que, parecen acordar ahora todos los críticos, siempre mereció. La han comparado con Carver, pero su literatura no es parca sino sinuosa; la han comparado con Cheever, pero su literatura no es sencilla sino poética. Tiene, sí, el cariz triste del primero y el ambiente suburbano del segundo, pero los personajes de Cheever y de Carver muchas veces tienen una vida cómoda aunque insatisfactoria, mientras que los de Lucia Berlin viven los verdaderos altibajos de la sociedad norteamericana. En “Silencio” su protagonista descubre lo frágil que es la amistad y lo turbulenta que es la vida doméstica, mientras ve desfilar las figuras alcohólicas, desesperadas y perversas de sus familiares. Es una historia de abusos, de traumas y de una adultez repentina. Me recuerda unos versos famosos de un poema de Philip Larkin: “Heredamos la misera/ como zócalo marino./ Escapa lo antes que puedas/ y no busques tener más hijos”. La literatura de Berlin tiene una constancia poco común en la literatura, así que elijo el relato “Silencio” pero en realidad quiero decir “toda obra”.

77.- “El collar”, de Guy de Maupassant

Como introducción a Maupassant, el número 77 de esta lista, me gustaría parafrasear las palabras que en su día Juan José Saer usó para hablar de Zama, la novela de Antonio di Benedetto: Maupassant es superior a la mayor parte de los cuentistas, pero ningún cuentista es superior a Maupassant. La variedad de estilos y temas del autor francés son difícilmente igualables y dan razones de sobra para ser uno de los autores más admirados de toda la narrativa breve. Maestro absoluto desde sus inicios (su primer relato publicado, “Bola de sebo”, es considerado una de las cumbres del naturalismo y en general de la literatura), escribió, entre otras cosas, sobre la guerra, el honor, el crimen y el horror sobrenatural, dejando en cada uno de estos temas al menos una obra máxima. Si se quiere una clase de literatura de terror, basta leer “El horla”. Si se busca un retrato descarnado de la misera, es suficiente visitar “La madre de los monstruos”. Uno puede aprender del uso del contraste investigando cómo el cuadro primero y último de su “Bola de sebo” varían sólo en lo necesario para que una profunda, conmovedora y hasta chocante diferencia tenga un gran imparto. Y pocas vueltas de tuerca hay tan intensas y verdaderamente necesarias para el texto como la que concluye “El collar”, relato que escogí para esta lista y en el que una mujer ve condenada su vida por un pequeño descuido. Un mensaje político se infiere con facilidad, como también una lectura moral y una disertación filosófica sobre la apariencia, la realidad y el simulacro. El estilo de Maupassant es depurado porque fue alumno de Flaubert, pero sus dotes escapan el simple, superficial cuidado de la prosa, y tienen más del arduo logro de hacer que una historia interesante encuentre la forma perfecta para ser contada. “El collar” es uno de mis cuentos predilectos de esta lista, como lo es la mayoría de lo que escribió Maupassant.

76.- “La máscara de la muerte roja”, de Edgar Allan Poe

“Es como ponerle una medalla al Everest”, decía Leonard Cohen sobre el Premio Nobel de Literatura otorgado a Bob Dylan y pienso es una frase también adecuada para presentar en esta lista al número 76, Edgar Allan Poe y su cuento “La máscara de la muerte roja”. Jacobo Siruela en su Antología universal del relato fantástico dice que es de los pocos personajes que pueden ostentar holgadamente el mote de genio. Poe fue el inventor de la literatura policial (inspirándose, para ello, en las historias de crímenes populares en su época), además de uno de los formadores del relato moderno, el perfeccionador de esa sensibilidad decadente inspirada en lo inquietante y lo horrible que tanto fascinaría a los poetas simbolistas, y un teórico destacado del cuento. Decir que sin él la literatura breve no sería lo mismo es una perogrullada. Incluirlo en una lista de esta naturaleza es inevitable. Su obra tiene la distinción de servir tanto de lectura formativa como de inspiración para los consagrados: muchos se inician leyendo a Poe y muchos han escrito sus obras influidos, consciente o inconscientemente, por alguno de sus relatos. He elegido “La máscara de la muerte roja” como pude elegir “El corazón delator”, “La caída de la casa Usher”, “El gato negro” o “El barril de amontillado”. Aunque sé que no tengo que referir su trama porque son universales y la mayoría las conoce, diré que “La máscara de la muerte roja” narra el aislamiento de un príncipe durante una peste terrible, además de su encuentro inexorable con la muerte. De todas sus lecturas prefiero la política, en tanto que su repetición en la realidad le ha dado el matiz de premonición y de advertencia. Éste, como buena parte de sus relatos, hace redundante la calificación de maestro. Poe fue mucho más. No tiene mucho sentido que lo recomiende, pues de una u otra manera cualquier lector acabará leyéndolo, tan presente está en la narrativa que aún sin buscarlo encontrará sus referencias, pero lo incluyo en este listado porque no tendría sentido hacer una lista sin él y también como una forma de la gratitud, por todos los otros cuentistas que, sin saberlo, ha legado a la historia sólo con existir.

75.- “El hombre de la arena”, de Hoffmann

Maestro de maestros, Hoffmann fue una de las grandes influencias de Poe. Freud lo destacó como el epítome de lo “unheimliche”, es decir, de lo siniestro, ejemplificando su teoría con el relato que ocupa la posición número 75, “El hombre de la arena”. La historia está basada en una figura del folclor germánico que se dedica a repartir el sueño rociando los ojos de los niños con una arena mágica que les inspiraría visiones hermosas y felices. En el relato de Hoffmann, sin embargo, el hombre de la arena es el portador de las desgracias, un hombre macabro que ha trastornado la vida de su protagonista y que parece seguirlo igual que una pesadilla inacabable, sin que se aclare nunca que tanto hay de locura en esta tragedia y que tanto de sobrenatural y diabólico. Su personaje principal, Nathanael, le envía una serie de cartas a su prometida para explicarle su comportamiento errático, arraigado en un trauma infantil. Hay autómatas, alquimistas y vendedores de barómetros espeluznantes. Me hace pensar en los cuentos de hadas antes de su censura, plagados de violencia, tétricos, cargados de terrores. “El hombre de la arena” es el relato más famoso de su autor, considerada una obra maestra del cuento y una de las mejores historias de horror que se han escrito. Se trata de uno de mis relatos predilectos, un cuento terrorífico al que me gusta volver por su imaginación para lo inquietante y por su talento narrativo.

74.- “La casa inundada”, de Felisberto Hernández

En el siguiente número está “La casa inundada”, de Felisberto Hernández, autor felizmente cada vez menos oscuro que, creo, está a la par de los autores más loables de nuestra lengua. Ha ejercido una influencia importante en la literatura de Cortázar, sin volverlo un imitador (por fortuna, Felisberto es único y Cortázar, por su parte, supo ser original). Pero si en algo se parecen es en las comparaciones particulares y poéticas, asimilaciones a primera vista raras, pero después enternecedoras. No menos extravagantes llegan a ser las tramas de los textos de Hernández: una mujer enamorada de un balcón, un hombre que utiliza el llanto como táctica para vender medias o, como es el caso del relato que se ubica en este puesto, “La casa inundada”, una vivienda inundada a propósito por una mujer que se pasea en un bote al lado de un cuentista que espera descubrir sus secretos. Hay algo dulce y delicado en estas narraciones que es como una melancolía muy equilibrada, a veces al borde de la felicidad y a veces al borde del llanto, como una tristeza suave y gustosa que tiene la hondura suficiente para ser grave y la resolución necesaria para ser esperanzadora y bella. Felisberto Hernández forma parte del puñado de escritores que me hace feliz porque sus textos son imaginativos, porque su sensibilidad para relacionar cosas es inusual y porque, en pocas palabras, alimenta mi deseo de literaturas singulares, el tipo de relatos que busco con insistencia y que, pienso, son la razón por la que aún leo e indago en la literatura. Por la dicha que me da, “La casa inundada” es uno de mis relatos predilectos.

73.- “Sanatorio bajo la clepsidra”, de Bruno Schulz

“Sanatorio bajo la clepsidra”, el número 73 de este listado, forma parte del último de los dos libros de cuentos que elaboró Bruno Schulz, escritor polaco que se ha erigido como un ídolo del relato poético a pesar de su breve producción. Sus textos, otra de las anomalías literarias que tienen una personalidad propia carente de herederos, hablan desde una memoria brumosa y febril, de tardes de verano doradas y esplendorosas, de épocas que son sueños o alucinaciones. En “Sanatorio bajo la clepsidra”, el personaje principal visita a su padre en una clínica que lo mantiene en una clase de estado fantasmal, como un recuerdo que podría desvanecerse. El viaje que hace hasta el sanatorio, así como su estadía, parecen el entretejido de un sueño: la realidad de Schulz tiene mucho de espejismo. Recuerdo, de otro de sus relatos, la descripción del tiempo como la pulpa dorada y dulce de una pera. Lo fantástico en las obras del autor polaco no está únicamente en los sucesos, que ciertamente son fantasmagorías, sino en cómo lo poético hace que la realidad tenga más planos, la vuelve sublime y decadente, eleva su belleza y su melancolía: porque hay una contradicción que aprecio mucho en sus páginas: que todo parece, al mismo tiempo, demasiado vívido, demasiado frágil. Creo que Schulz es lo que hubiera resultado de Kafka si Kafka hubiera sido un poeta.

72.- “El acre del dolor”, de Isak Dinesen

Que un relato es mucho más que la suma de su anécdota queda claro en las abundantes reelaboraciones de mitos, leyendas y cuentos populares que tuvieron lugar durante el siglo XX y que lo marcaron como la época de las parodias y de las variaciones. En esta tradición se inscribe “El acre de dolor”, cuento de Isak Dinesen inspirando en una historia popular. Decir que eleva una leyenda a un tratado filosófico y a un diálogo de clases no es menospreciar la literatura popular, sino hacer patente que con una trama se pueden llevar a cabo distintas búsquedas y que Dinesen es un escritora inteligente, capaz, talentosa. En el cuento un monarca demanda a la madre de un hombre condenado que, si desea obtener la absolución de su hijo, realice por sí sola en un día una tarea que normalmente necesitaría un grupo entero. Ni el rey es retratado como un déspota ni su sobrino, que se opone a este viejo orden, aparece como un héroe: la dialéctica de Dinesen es demasiado profunda como para prestarse a relaciones maniqueas. Las reflexiones filosóficas que hacen sus protagonistas tienen la forma de preocupaciones sinceras que bien podrían ocupar a personajes de su estatus, mientras que el intercalado de escenas, que va de las disquisiciones grandilocuentes a la humilde figura de la mujer enfrentándose al campo, es complejo pero aparece de manera natural, hilado sin cambios abruptos. Si se trata sólo de técnica, Dinesen está en los escalones más elevados de esta lista.

71.- “El mágico circular de los naipes”, de Danilo Kis

Borgiano si Borges, además de disfrutar la literatura de aventuras, hubiera producido relatos de esta índole, Danilo Kis, autor serbio, narró historias de bandidos, teólogos y judíos, personajes comunes también en la literatura de Borges, pero que en Danilo Kis son menos la figura de un intelectual que la de un rebelde. El estilo, sin embargo, en muchas partes se muestra deudor del escritor porteño, al grado de que a veces puede parece derivativo, con la fortuna de que Borges es un autor inagotable y que leer a sus imitadores talentosos sigue siendo una alegría. La trama dista mucho de la claridad del autor de Ficciones, pues a veces es enrevesada, aunque al ser una historia de criminales y disputas mantiene el interés en todo momento. En sus páginas un médico es víctima del destino y se gana como adversario al miembro de una peligrosa mafia. Desde un principio se puede intuir el desenlace porque Kis es partidario de las tragedias y porque el libro del que forma parte es una defensa de las víctimas de los regímenes totalitarios, pero el relato vale por sí mismo y no por su final. La literatura de Kis tiene el drama emocional que muchas veces está ausente de la obra de Borges, razón, me parece, suficiente para agradecer que existan los legados literarios, las descendencias y los alumnos entusiastas.

70.- “El pueblo blanco”, Arthur Machen

El número 70 de esta lista lo ocupa un soberbio relato de horror. Se trata de “El pueblo blanco”, de Arthur Machen. El cuento, además de ser un catálogo de sucesos enigmáticos, es una teoría sobre lo que realmente es el mal, sobre la forma que adquiere lo genuinamente corrupto. La historia sigue la estructura del cuadro dentro del cuadro, pues uno de los personajes principales se dedica a la lectura de una libreta que ocupa la mayor parte del cuento y que es su trama principal. La libreta es un diario que compila recuerdos de infancia en los que se revelan hechos antinaturales, objetos inanimados que cobran vida, pueblos secretos y rituales tenebrosos. Ninguno de estos eventos tiene explicación lógica ni acaban de describirse, pues Machen apuesta el horror a lo que, de tan terrible, únicamente se puede sugerir, sin confesarse del todo. Esta técnica fracasaría si las imágenes escogidas por Machen para representar el horror no fueran especialmente inquietantes. Tienen ese encanto amenazador de las historias sobre lugares peligrosos contadas en los campamentos o en las noches en que un apagón eléctrico empujaba a un familiar a relatar una historia de fantasmas. El cuento de Machen insinúa que el mal es irredimible, contundente y que está escondido en la realidad misma.

69.- “Un hombre muerto a puntapiés”, de Pablo Palacio

En el siguiente puesto está el cuento de Pablo Palacio que lleva por título “Un hombre muerto a puntapiés”, una comedia negra sobre un asesinato inusual investigado por un curioso inexperto e imaginativo. La obra se inscribe dentro de la literatura de vanguardia, por lo que forma y fondo tienen algo de experimental y de inestable (sus juegos tipográficos, por ejemplo, rara vez aparecen transcritos en las versiones que pueden encontrarse en línea). Su humor es más bien sádico. La lectura descubre un texto que le debe mucho a la farsa. Hacia el final el cuento se vuelve alienante, lindando con la mezquindad. Podría entenderse también como un ejemplo más de la literatura cruel. Un análisis del contexto de la obra que considere las preocupaciones de las vanguardias hablará del absurdo, de la descomposición social, del existencialismo, de la risa sarcástica que ponía en duda todo. Expresamente busca ser chocante y lo logra. En su incomodidad me parece ver algo triste o al menos rabioso. Ésta es una broma que acaba amargamente.

68.- “La cámara sangrienta”, de Angela Carter

A Pablo Palacio le sigue una de las autoras más logradas de toda la lista: Angela Carter y su relato “La cámara sangrienta”. El texto repite la historia de “Barba azul”, potenciándola, agregando imágenes o perfeccionando las ya existentes: el retrato infinito de una mujer multiplicándose en el espejo, la iluminación horriblemente suave de una sala de torturas, la espera agónica del milagro. Densamente poético, de ambientes pesados y fúnebres, de atmosferas cargadas de olor a cuero y luz costera o entenebrecidas por una oscuridad aterciopelada, el cuento de Carter es un cúmulo de efectos bien conseguidos. La ornamentación profusa de sus textos no es mera superficialidad, sino expresión de un dominio literario, juego modernista que le regresa a los cuentos de hadas sus insinuaciones sexuales y la espesa y desgarradora violencia que solían tener. La tensión de la historia es como una cuerda a punto de reventar. Hay una riqueza en las descripciones que lleva a pensar en la poesía. La pericia de Carter hace creer que los cuentos populares existieron para que ella los reescribiera. Es, obviamente, uno de mis relatos predilectos.

67.- “Misa de gallo”, de Machado de Assis

También es uno de mis relatos predilectos el que ocupa el puesto 67, “Misa de gallo”, del autor brasileño Machado de Assis, como lo son igualmente sus narraciones “El espejo”, relato que guarda semejanzas con “El horla” de Maupassant, y El alienista, novela corta en la que un psicólogo encierra a la mitad de un pueblo en un sanatorio alegando que la mayoría son dementes, sin darse cuenta de que el único afectado por la locura es él. “Misa de gallo”, por su parte, es un texto realista de final irónico en el que el narrador, iluso y enamorado e ingenuo, no se percata del engaño de las apariencias.  Es la historia de un amor de juventud y de un adulterio. A diferencia de otros relatos realistas, el humor no es cáustico, sino más bien dulce, casi enternecedor. La prosa es clara, pulida, elegante, tan sucinta y práctica que recuerda textos muy posteriores. No tiene la sorna de Flaubert, pero sí su destreza. Es un texto que, por su habilidad, la frescura de su retrato de la vida, su calidez y su desenfado, me hace feliz con esa felicidad de mis primeras lecturas.

66.- “Doblaje”, de Julio Ramón Ribeyro

Hay muchos autores que utilizan la vuelta de tuerca, el famoso plot twist, como recurso principal para sorprender al lector, y, aunque muchos más o menos son exitosos, creo que el resultado también frecuentemente es un relato que se agota después de una primera leída, lo que me ha llevado a manifestar un rechazo prematuro a este tipo de obras por truculentas, torpes y engañosas. Por el contrario, Julio Ramón Ribeyro, el autor que se ubica en el número 66 con el relato “Doblaje”, es un cuentista demasiado talentoso para reducirse a una trampa, cosa que puedo dejar más clara si digo que hubo varios cuentos que podría haber escogido de él. Está “Los gallinazos sin plumas”, un relato de corte social donde un hombre acaba siendo devorado por cerdos, o “La insignia”, texto donde su protagonista acaba formando parte de una sociedad secreta de manera fortuita simplemente por haberse encontrado una medalla. Hay otros relatos suyos que demuestran que además de habilidoso para el humor y las vueltas de tuerca era un escritor sentimental en el mejor de los términos: “Silvio en el Rosedal” es un relato en apariencia sencillo que, sin embargo, se atreve con esa pregunta dura que muchos autores prefieren evitar justo por compleja: el significado de la vida (que, dicho así, puede sonar como una cursilada, pero Ribeyro esquiva bien cualquier simpleza lacrimosa). El autor es, pues, capaz de todos los rangos y temas que se puedan abordar, aunque tiene como constancia un estilo muy limpio (que quiere decir que es claro y que da la noción de que todo lo que queda en la página es únicamente lo esencial, sea así o no).  “Doblaje” habla, como se intuye su título, de dobles, y, aunque tiene una revelación final, se puede inferir desde el principio porque el narrador lo sugiere. No importa, pues, tanto esa sorpresa como la forma hábil en que el escritor llega a esa conclusión. Aunque Ribeyro no ha escrito ninguno de mis relatos predilectos, curiosamente sí es, en general, uno de mis cuentistas favoritos, así que les recomiendo o este o realmente cualquier otra de sus obras.

65.- “Los asesinos”, de Hemingway

Así como existen textos que usan ciertos recursos como meras facilidades para conseguir un efecto y todo la obra se reduce al éxito o fracaso de esa técnica, hay otros que, más que conseguir un efecto, se preocupan por qué tanto pueden perfeccionar un elemento de la narrativa, no tanto apostando todo el relato a dicho procedimiento sino buscando que esa técnica le dé nuevas dimensiones al resto de la obra, que por sí misma puede sobrevivir pero que se vuelve, por la perfección de un recurso, en algo singular. Es la diferencia, por ejemplo, entre que una vuelta de tuerca sólo intente hacer parecer al relato más inteligente de lo que realmente es o que, por el contrario, le agregue una nota emocional, no porque sea tan abrupto que no pudiéramos predecirlo sino porque nos hace, verdaderamente, pensar en el relato de una manera diferente (que se convierta, por ejemplo, de una historia horripilante en un cuento triste y pesimista). Es el caso del número 63, en cuento “Los asesinos”, de Hemingway, que es uno de los mejores ejemplos que he leído en lo que se refiere al uso del diálogo. Escueto, ágil, inteligente, dice más por la entonación que se intuye, por la ambientación que crea, que por las palabras propiamente dichas. Una conversación sobre un menú de restaurante se transforma, en el intercambio de palabras entre dos asesinos, en una plática hostil y amenazadora, de la que podría resultar una tragedia. El cuento narra la espera de dos matones en un restaurante, listos para aniquilar a su víctima en cuanto se presente, así como la desdicha del hombre al que buscan, quien se ha dado ya por vencido y sólo está esperando la muerte. El registro de Hemingway va de una violencia estilizada que recuerda a los diálogos de Tarantino a escenas más emotivas en las que se puede palpar la tristeza. Creo que en estas páginas está un Hemingway totalmente en forma, dueño de la sutileza y finísimo en su retrato de una derrota.

64.- “Cómo se salvó Wang-Fo”, de Yourcenar

Pero si hablamos de técnica, uno de los estilos más logrados es el del número 64 de esta lista, “Cómo se salvó Wang-Fo”, de Marguerite Yourcenar, escritora belga que, si bien prefiero como novelista ya que Memorias de Adriano, su obra más popular, es una de mis narraciones predilectas, sigue siendo dueña de una prosa depuradísima en su narrativa breve. La historia surge de una leyenda común a varios países y que tiene por tema la salvación a través del arte. La trama sigue a un hombre fascinado con un pintor que es, además, un sabio. El estilo recurre, como es común en la prosa de Yourcenar, a la sentencia o el aforismo. Hay una ornamentación elegante que se puede observar en la coloración que Yourcenar le da a los objetos, en los materiales preciosos que decoran su mundo, en las descripciones suntuosas, palaciegas, que dan una imagen de lujos inalcanzables o de paisajes vívidos. El estilo es clásico, pero sólo en el sentido de que la idea más común de lo que es la literatura se cumple en esta narración. Quiero decir que es imaginativa, que es fácil reconocer que hay un enorme trabajo detrás de cada frase, que sus líneas son inteligentes declaraciones sobre la belleza, el amor, el honor o la vida y que a eso le acompaña una historia que parece una leyenda o un mito. Así como está en esta lista de cuentos favoritos, creo que es fácil que se convierta en uno de los textos preferidos de varios lectores.

63.- “Venganza” (también traducido como “Prischepa”), de Isaac Babel

Alguna vez me di a la tarea de rastrear las obras favoritas de Borges, en parte porque en ese momento era mi autor favorito y en parte porque quería encontrar cosas similares a su obra. Borges llegó a elaborar una lista sobre los textos que fueron esenciales para él y en los que incluía el libro del que se desprende el relato del número 63, narración breve de Isaac Babel, considerado uno de los máximos autores de Rusia y quizá el mejor prosista de la Unión Soviética. El libro se llama Caballería roja. Borges destacó de ese texto un relato titulado “Sal” y que, según el autor de Ficciones, tenía el raro honor de haber sido memorizado por el pueblo ruso. Yo, en cambio, escojo “Venganza”, que también podrán encontrar con el título “Prischepa”, pero me parece que Caballería roja es un libro tan espectacular que casi todos sus relatos podrían incluirse en esta lista.   Babel es menos conocido que Poe, que Kipling, que Hemingway, pero no creo que palidezca ante ninguno de ellos, y en lo personal lo prefiero sobre esos tres. En una serie dedicada a los maestros cuentistas elaborada por The Guardian lo llegan a comparar con Rulfo por el laconismo poético, el ambiente duro y miserable en el que se mueven sus protagonistas y por la fuerza abrupta que surge de los relatos, en los que generalmente están involucrados el asesinato, el robo o la parte más convulsa de la humanidad. “Venganza” cuenta la historia de un hombre que perdió todo y que un día decide volver al lugar en el que las cosas más preciadas para él le fueron arrebatadas. Conforme avanza por el pueblo, su paso va dejando una línea sangrienta. Tiene sólo un par de páginas, pero todas son tan intensas como la mejor literatura que yo he leído, por eso mi antología de cuentos rusos favoritos de toda la historia es ésta. Éste es uno de mis relatos predilectos, como lo son varios más de Caballería roja.

62.- “La lotería”, de Shirley Jackson

Cuando Shirley Jackson publicó su relato “La lotería”, cuento que ocupa el lugar 62 de esta lista, recibió a cambio una cantidad abrumadora de correos de odio. Sus editores declararon que nunca le habían hecho frente a una respuesta tan airada. La obra retrata a la zona rural de Estados Unidos como una región salvaje que cumple rituales sádicos llevados por supersticiones. Para asegurar la cosecha, en un pueblo se realiza una terrible lotería. Ésa es, en pocas palabras, la historia del relato de Shirley, que sólo hasta el final se revela como una trama cruel. El estilo del cuento sigue la línea de mucho otros de esta lista, pues es el tipo de prosa que de normal prefiero: llana, contenida, sin grandes adornos, directa pero, en su sencillez, nítida, trabajada de esa manera invisible que muchas veces no se nota pero que ha llevado a varios autores a declarar que una página fácil de leer es el tipo más difícil de escritura. Muchos sabrán el final sorpresivo aún antes de que ocurra porque, de tan popular, ha sido parodiado múltiples veces, pero justo el que siga siendo estremecedor da prueba de la pericia con que fue hecho. Sin recurrir al tremendismo, Jackson da vida a un relato sobre atrocidades que, por casuales, se sienten más injustas.

61.- “La carne”, de Virgilio Piñera

En la fábula absurda que es el cuento de Virgilio Piñera que he elegido para esta lista, un pueblo que se ha quedado sin carne decide practicar la autofagia, así que lenta, metódicamente, empiezan a cortar pedazos de su propio cuerpo para freírlos, asarlos o prepararlos en guisos. El título señala aquello que les hace falta y que los termina alienando: “La carne”. En otro cuento igual de descabellado, aunque mucho más melancólico, un hombre se propone como objetivo devorar todo un monte, aunque la idea de que nadie vaya a reconocer su logro lo aflige. En un relato diferente, un hombre decide a aprender a nadar fuera del agua. Una de mis minificciones favoritas fue escrita por Piñera: es una narración breve en la que su protagonista, incapaz de superar el insomnio, recurre a una medida contundente, mortal. El absurdo, la extravagancia, el humor negro son todos componentes de sus obras, pero Piñera es más que una broma y que una rareza artificial. En América Latina me parece lo más cercano a Kafka en el sentido de que sus textos parecen, al mismo tiempo, algo superficial y algo profundo. La idea política que puede deducirse del relato “La carne” es evidente, lo que no impide que un sentido más hondo, quizá metafísico, llegue a sugerirse también. Igual que en el caso de Ribeyro, ninguno de mis relatos predilectos fue escrito por Piñera, pero el conjunto de su obra sí está entre lo que más me fascina, pues a veces parece un autor cómico y a veces es, entre risas, un escritor de tragedias.

Mis cuentos favoritos (100-81)

Como prometí hace ya un mes, les comparto mi lista de mis 100 cuentos favoritos. No me demoro más porque es mucho texto.

100.- “El ruletista”, de Mircea Cartarescu

En el número cien, apenas iniciar esta lista, encontramos el que quizá sea el texto más conocido de su autor, Mircea Cartarescu: se trata de “El ruletista”. Cartarescu es un constante en las listas del Premio Nobel. Su lengua es el rumano. Su obra más ambiciosa apenas ha comenzado a ser traducida a nuestro idioma. Se titula Cegador y, según Cartarescu, la novela está divida como el cuerpo de una mariposa, con dos alas y una parte central. Por su parte, “El ruletista” está incluido en Nostalgia, un conjunto de relatos del género fantástico entre los que destacan “El Mendébil”, cuento sobre un niño que parece ser la reencarnación de un sabio conocedor de todos los secretos del mundo; “R.E.M.”, relato que narra los recuerdos de infancia de una mujer que jugaba juegos terribles; y “El ruletista”, cuento que nos ocupa y que he visto que se le compara con “Bertleby, el escribiente” y con lo mejor de Kafka. La historia es una comedia cruel sobre el máximo campeón del sádico juego de la ruleta rusa. Todo él contribuye a un ambiente fársico que cada vez se vuelve más más grotesco, más exagerado, una trama frenética que galopa sobre un estilo inteligente y barroco. Me gusta especialmente el inicio como prueba de las obsesiones del autor y como demostración del dominio absoluto que tiene de éstas: “Con las primeras líneas que despliegas en la página, en esa mano que sujeta la pluma entra, como en un guante, una mano ajena, burlona, y tu imagen, reflejada en el espejo de las páginas, se escurre en todas direcciones como si fuera azogue, de tal manera que de sus burbujas deformadas cristalizan la Araña o el Gusano o el Fauno o el Unicornio o Dios, cuando de hecho tú sólo querías hablar sobre ti. La literatura es teratología”, dice Cartarescu. Teratología es, por cierto, el estudio de las monstruosidades, de las que hay mucho en estas páginas. “El ruletista” es uno de los grandes relatos de esta lista y uno de mis predilectos.

99.- “Siete plantas”, de Dino Buzzati

En el siguiente puesto está “Siete plantas”, del italiano Dino Buzzati, uno de los autores que más conflicto me han causado ya que tiene al menos una docena de relatos que están dentro de mis favoritos: “La matanza del dragón”, que deconstruye las fábulas sobre caballeros y dragones; “Los siete mensajeros”, que es, en palabras de Jacobo Siruela, una parábola sobre el infinito (y que yo creo que se parece mucho a los relatos de Borges); “Una muchacha que cae”, que es una alegoría sobre la clase social y la juventud al estilo de Parásitos; “Algo había pasado”, cuento sobre un grupo de pasajeros a bordo de un tren que se dirige hacia el desastre. Dino Buzzati es, además, el autor de la que por mucho tiempo fue mi obra favorita de la literatura, El desierto de los tártaros, novela melancólica sobre un hombre destinado a la espera. Muchos de sus cuentos comparten esa melancolía del que vive casi sin vivir, lo cual es curioso porque el mayor referente de Buzzati es Kafka, un autor menos triste aunque, paradójicamente, quizá más deprimente. De todas las páginas que me emocionan de Buzzati he elegido “Siete plantas”, que habla sobre un hospital que coloca a sus pacientes en alguno de los siete pisos que lo conforman según la gravedad de su estado. El texto es bien predecible, pero eso es lo que menos le importa a Buzzati, pues su arte, en este relato en específico, está en cómo revela el final que el lector puede intuir a las pocas páginas de haber comenzado a leerlo. El estilo tiene su carga fúnebre y burocrática, lo que lo hace el más fácilmente comparable con Kafka. Pueden encontrar el cuento en la colección Sesenta relatos, obra por la que ganó el mayor galardón italiano, el premio Strega. “Siete plantas” es uno de los grandes relatos de esta lista y uno de mis predilectos. Les recomiendo, además, que lean cualquier cosa de Buzzati, porque al día de hoy no hay nada de él que me haya decepcionado. Buzzati también se desempeñó como periodista e ilustrador, pues claramente era un hombre que podía hacerlo todo.

98.- “El tapiz amarillo”, Charlotte Perkins Gilman

Hay una constante en la literatura de horror: es Charlotte Perkins Gilman. El relato que ocupa el número 98 es uno de los más citados en las listas sobre los mejores cuentos de terror de la historia. Igual que muchos grandes relatos, puede leerse como una alegoría. Igual que muchas grandes alegorías, sus interpretaciones, aunque finitas, son múltiples, acaso porque el horror y el sufrimiento son angustias que tienen muchas formas para la humanidad. Habla sobre encierros reales y fantásticos con un estilo que se bifurca, de la misma manera en que se dividen los relatos fantásticos más inquietantes, en dos posibilidades igual de equilibradas: que todo lo que ocurre es resultado de la locura o que todo lo que ocurre es verdadero y estamos ante algo que no debería existir. Su última imagen me recuerdo a los relatos de horror populares en internet, las creepypastas, que muchos ávidamente quieren desterrar del lugar de la literatura por, ciertamente, defectos del estilo propios de escritores novatos, sin llegar a considerar que, aunque pobres de manufactura, la imaginación que se intuye en ellos para la materia del horror es amplia e incluso original. Perkins Gilman suma a este tipo de imaginación un acabado cuidadoso, lleno de talento.

97.- “La casa abandonada”, Mario Levrero

El número 97 me recuerda que de Latinoamérica se ha hablado de ciertos países como concentraciones de géneros. En una reseña sobre Mario Levrero, un crítico escribió que Argentina era un país de cuentistas; Chile, de poetas; México, de novelistas; y Uruguay de raros. Se refería a ciertos autores inclasificables que no tenían ni descendencia ni imitadores, como es el caso de Felisberto Henández, Marosa di Giorgio, Armonía Somers y el propio Levrero, que empezó su carrera con un trilogía kafkiana (Kafka acaso sea el rey de los raros) a la que le siguieron obras cada vez más desafiantes e indefinibles, entre las que se cuenta mi obra favorita de él, Caza de conejos, un libro que sólo se puede describir como Homero describía a los cíclopes: diciendo qué no es: ni novela, ni libro de relatos, ni poesía ni drama ni ensayística. Es, quizá, una variación enloquecida sobre un pequeño animal, blando y tierno, que se vuelve salvaje y sádico, más inteligente que los hombres y quizá más cruel, como un Moby Dick burlesco. “La casa abandonada”, el cuento que está en esta lista, ocupa las mismas estrategias, por lo que es una versión breve de ese libro, pero su obsesión se centra en un lugar que cada vez se descubre más siniestro, más raro, más irreal. Es un cuento hecho de cuentos, de pequeñas narraciones que refieren y exageran los ya de por sí exagerados tópicos de la literatura de horror. Es un The Cabin in the Woods anterior a The Cabin in the Woods. Tiene su comedia y, también, algunos giros genuinamente inquietantes.

96.- “Bartleby, el escribiente”, de Herman Melville

Con “Bartleby, el escribiente” llegamos a la que considero una de las cumbres máximas de la cuentística que he leído. Puedo decir de una vez que se trata de uno de los relatos más destacados de esta lista y que es uno de mis predilectos. Melville, que es más conocido por su monumental Moby Dick, una historia de venganza enfebrecida, escribió también la que muchos consideran como uno de los grandes precursores del existencialismo y que es el cuento que se encuentra en esta posición. Vila-Matas se ha servido de su protagonista, Bartleby, para catalogar a toda una estirpe de escritores parcos, dados al silencio, a la negación, y que optaron por rendirse al mutismo: autores que decidieron dejar de crear. Vila-Matas dijo que eran “los escritores del no” y que sufrían del síndrome de Bartleby, el personaje conocido por una frase, primero de rebeldía, después de desolación, repetida a lo largo de todo el relato: “Preferiría no hacerlo”. Éstas son las palabras que dice el protagonista del cuento mientras se abandona a sí mismo, en una negación que parece cada vez más un grito y que lo vuelve casi una sombra o un fantasma. El texto es absurdo, cómico, triste. Inicia como una broma y acaba como una tragedia. Hace que un personaje ridículo se vuelva una figura desgarradora. La risa que le sigue es pura ansiedad paralizante.

95.- “Sombras sobre vidrio esmerilado”, de Juan José Saer

Votado como uno de los mejores relatos argentinos de toda la historia, sólo superado por los autores más conocidos de su patria (Borges, Cortázar, Walsh), “Sombras sobre vidrio esmerilado”, el número 95 de esta lista, es un texto denso, poético, perfeccionista, que da prueba de las exigencias formales de Juan José Saer, autor de algunas de las novelas latinoamericanas más celebras y un hombre erudito y taxativo. Es el tipo de prosa lenta, recargada no tanto en su léxico ni en un barroquismo obvio sino en las sinuosidades temporales, en la complejidad de lo que sólo se insinúa, en ciertas ansias descriptivas y oscuras que uno podría encontrar en las novelas de Onetti. La historia se demora en los recuerdos de una mujer a la que se le ha amputado el seno derecho, en su historia amorosa y en las complicaciones del tiempo. Fácilmente puede considerarse un ejemplo de estilo pulido, o de la obsesión de artífice de algunos narradores que retocan hasta el más mínimo detalle de sus textos. Sin dejar de lado la trama, ésta es la clase de relatos que uno lee para saber cómo se escribe, para asistir a una clase maestra de narrativa.

94.- “El sueño infinito de Pao Yu”, de Tsao Hsue-ki o Cao Xueqin (mención honorífica: “La sentencia”, de Wu Ch’eng En)

El número 94 rinde homenaje a la gran tradición popular china clásica que en gran parte es tan moderna como muchos textos del siglo XX a los que se llama imaginativos u originales. Como no puedo incluir mi texto favorito de esa tradición, la prosa tan breve que en realidad es una minificción y que se llama “La sentencia” (y que, aún no tiene un autor confirmado, se sospecha que fue escrita por el creador de Viaje al Oeste, una de las cuatro obras más importantes de la época clásica), propongo para este puesto a “El sueño infinito de Pao Yu”, que en la antología de relatos breves chinos en que lo leí se señala como obra de Tsao Hsue-ki, aunque generalmente su nombre es transcrito como Cao Xuequin, autor de Sueño en el pabellón rojo, otra de las cuatro grandes novelas clásicas chinas. Igual que muchos relatos breves asiáticos populares, lo fantástico y lo real se mezclan de manera que la división entre uno y otro se vuelve difusa. Lo soñado aparece como real y lo real como un sueño brumoso. En su historia, el protagonista se encuentra con su doble en un sueño que a la postre se torna infinito. La simpleza elegante de su estilo y el enrevesamiento de su historia le valieron un lugar en la Antología de literatura fantástica elaborada por Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo. Les recomiendo, además de este relato, que lean “La sentencia”, uno de mis textos predilectos.

93.- “Mirada”, de Rubem Fonseca

Con Rubem Fonseca descubro a uno de los dos mejores autores que yo he leído en lo que se refiere al retrato de psicópatas. Buena parte de los relatos del escritor brasileño está protagonizado por asesinos, muchos de los cuales, además, encuentran un placer en los actos de violencia, a veces motivamos por un sentido de justicia o a veces simplemente por la exaltación estética decadente que tiene sus raíces en Poe y en los poetas franceses del simbolismo, pasando por Thomas de Quincey. Sus cuentos también demuestran un odio misántropo por la humanidad en general y por los intelectuales en particular, los cuales son retratados como pedantes grises y desconectados de la realidad que sólo necesitan una ligera desviación para convertirse en psicópatas (ésta es, por ejemplo, la trama de “Mirada”, el relato de Fonseca que he elegido). Aunque los relatos de Fonseca se parecen mucho entre sí (con un humor negro recurrente, fascinados por la violencia, el sacrificio como ritual, la enajenación de las ciudades), aún queda cierta novedad entre ellos, que quizá sea ilusoria y se deba más a lo interesante de su trama y a la prosa ágil y pulida de su autor. Hay una máscara fría en el estilo que narra estos hechos, una voz siempre neutral, impasible, que termina de dar el giro tenebroso a sus narradores, asomando así la imagen de alguien vacío que no tiene nada que amar y, por lo tanto, que puede actuar con total libertad horrorosa.

92.- “Ver las orejas al lobo”, de Alice Munro

Contrario a Fonseca, Alice Munro no recurre al sensacionalismo ni al ritmo frenético de los asesinos, aunque sus cuentos también tienen impactos indelebles y violentos, si bien su violencia nace de la conmoción de lo triste. El relato “Ver las orejas al lobo”, que en inglés lleva un título muy diferente, ha sido catalogado como uno de los relatos más tristes jamás escritos. En 2006 se estrenó la adaptación fílmica dirigida por Sarah Polley. En su historia, un hombre asiste al deterioro de la memoria de su esposa, aquejada por alzheimer, misma que lo confrontará con los errores de su pasado. Aunque descrito así puede parecer un texto estrepitoso por el drama, no hay nada exagerado ni truculento en su elaboración: su narrativa se rige por el principio de sugerencia de Hemingway, por la claridad de emociones complejas de Chéjov y por una única, sutil y orgánica desorganización del tiempo, un vaivén entre el presente y el pasado que, sin embargo, siempre es identificable y fácil de seguir, algo en extremo difícil, que sólo puede entenderse como producto de una narradora brillante, inteligente.

91.- “El búfalo”, de Clarice Lispector

El siguiente puesto, el número 91, lo ocupa “El búfalo”, de Clarice Lispector. Una maestra de literatura, que durante su maestría asistió a un curso monográfico dedicado a la autora brasileña, me contó que el final del curso dejó a sus integrantes angustiados, no tanto por la espectacular calidad literaria de Lispector como por la naturaleza depresiva de sus relatos. Sus páginas suelen estar cargadas de símbolos, de ambientes sombríos en los que navegan, confusas, las emociones, igual que si sus personajes no acabaran de saber lo que ocurre con ellos, y sólo hasta el final, como un éxtasis triste, como una revelación de algo que estábamos mejor cuando lo desconocíamos, una especie de llanto silencioso, inacabable, que no podemos compartir, se revela. La imaginación poética de Lispector la lleva a describir a la jirafa como “un virgen de trenzas recién cortadas”, a convertir al camello en una “alfombra vieja en la que circula sangre cenicienta”. De prosa densa, poética, angustiante, opresiva, el relato “El búfalo” se convierte en un laberinto, en parte por el recorrido alegórico de su protagonista, en parte por la forma en que está narrado, lleno de conjunciones adversativas que crean una suerte de muros repetitivos y aplastantes. Es la historia de una mujer que ha amado al hombre equivocado. Es la historia de un luto. Es también la historia de un odio. Es, finalmente, uno de mis relatos predilectos de esta lista.

90.- “La culpa es de los Tlaxcaltecas”, de Elena Garro

Hay ciertos textos que apreciamos por una complejidad que nos supera, que admiramos incluso si no acabamos de entenderlos, o precisamente por no acabar de entenderlos es que sabemos que hay algo más, algo difícil, pero también hipnótico. Muchas veces me he encontrado con esa sensación al leer a Kafka, a Holan, a Marosa di Giorgio. Lo mismo me ocurre con el número 90, el cuento de Elena Garro titulado “La culpa es de los Tlaxcaltecas”. Si Alice Munro hace del constante cambio de tiempos una narración transparente, lógica, Elena Garro se obstina en la confusión como parte intrínseca de su relato, una unión ya sin límites de dos tiempos entre los que una misma mujer se mueve: la Conquista española y el México del siglo pasado. Más que la reverberación de lo fantástico, igual que en la narrativa de Kafka lo que me atrae es esa cerrazón del relato sobre sí mismo difícil de explicar. Me recuerda a los iluminados de los textos de Cortázar, esos seres que saben de un plano superior y que, explicándolo, vuelven más rara la realidad: poliédrica, múltiple. O, en las propias palabras de su protagonista: “Lo terrible es, lo descubrí en ese instante, que todo lo increíble es verdadero”. Y me queda al final esa certeza de que un secreto apenas ha comenzado a esclarecerse.

89.- “Sredni Vashtar”, de Saki

En el prólogo a su Antología universal del relato fantástico, Jacobo Siruela registra a Saki, pseudónimo de Hector Hugh Munro, como el maestro absoluto del relato breve del Reino Unido decimonónico. Entre sus relatos es especialmente conocido “El cuentista”, que, como otras de sus obras, apunta una crítica social sarcástica del puritanismo. Para este número, sin embargo, he escogido “Sredni Vashtar”, la historia de un niño que obtiene una venganza terrible contra su tutora. También en este relato Saki dirige su descontento contra la encorsetada ideología inglesa abundante en reglas y modales, aunque de una manera más directa e incluso cruel, aunando a su malestar una insinuación fantástica. El relato puede leerse en clave cómica o trágica. Hay un crimen. Hay, también, una inocencia que se perfila como algo terrible o algo horroroso escondido detrás del candor. Me gusta Saki porque es efectivo. Sabe modular todos sus recursos sin hacer alarde, de manera que lo literario sólo se hace evidente si se le busca. Al principio parece ser sólo una broma bien contada, pero es justo esta sencillez uno de los acabados más difíciles de lograr en la narrativa, cosa que Munro consigue en cada relato que he leído de él con una facilidad apabullante. Es comprensible, pues, la alabanza de Siruela.

88.- “El capote”, de Gogol

Antes, al hablar de “Bartebly, el escribiente”, dije que era una de las cimas del cuento. El número 88, “El capote”, de Gogol, es otra de esas cimas. A Dostoievski se le suele atribuir una frase muy conocida con respecto de esta obra: “Todos somos hijos de un capote”. He leído que la consideración es de un crítico y no del autor de Crimen y castigo, pero no deja de ser menos cierta, al menos en cuanto a la magnitud del relato de Gogol. Nabokov, en su Curso de literatura europea, al hablar de Kafka dice que sólo conoce otra obra tan perfecta como La metamorfosis. Es, por supuesto, “El capote”. Lo sorprendente, además, es que la selección de este relato no me resultó fácil. Cabría aclarar que Gogol no hizo solo una obra maestra, sino varias, y que, si el firmamento ruso no estuviera iluminado por gigantes como Chéjov o Dostoievski, Gogol sería infinitamente más conocido y alabado. No porque a día de hoy no sea reconocido, sino porque toda distinción parece una minucia cuando se tiene en consideración su talento. No imagino a Kafka sin el autor ruso, como no puedo imaginar la basta literatura del absurdo sin otra de las obras inmortales de Gogol, “La nariz”, relato sobre un hombre que extravía su nariz, la cual aparece esa misma mañana dentro de un pan, un hecho desconcertante que, sin embargo, es igualado por el desquiciamiento del protagonista de “Diario de un loco”, un hombre que, al poco de iniciar su relato, nos confiesa que es capaz de escuchar a los perros. Hay quien lee en estas obras un signo prematuro del arrebato febril que llevaría a Gogol a quemar la segunda parte de Almas muertas, días antes de sucumbir a la muerte, porque, en sus palabras, se lo había ordenado el demonio. Ésta podría ser la trama de uno de sus relatos, ya que Gogol tenía predilección por los hombres patéticos, los dementes y las comedias que tienen algo de trágico y de estremecedor. “El capote”, el texto que finalmente escogí, narra la historia de un hombre que decide mandarse a hacer un nuevo abrigo, y de cómo su pequeña existencia insustancial se verá estremecida por un crimen que, con toda la carga cómica que conlleva, es una de las expresiones más angustiantes de la tortuosa existencia humana. Casi resulta redundante decir que se trata de uno de mis textos predilectos y que, si se deciden a leer sólo un puñado de relatos de esta lista, les recomiendo que elijan éste en esa selección.

87.- “Un día perfecto para el pez plátano”, de J. D. Salinger

Salinger es el autor de una de mis novelas favoritas, la controvertida El guardián entre el centeno, que algunos califican de insulsa y fastidiosa y que yo encuentro sumamente triste. Otra de esas obras que cristalizan la depresión es “Un día perfecto para el pez plátano”, que se ubica en la posición 87 de esta lista. El relato más conocido de Salinger habla de un excombatiente con severas secuelas mentales, las cuales, en la mayoría del relato, son sólo sugeridas, aunque su peso termina haciéndose evidente. Entre otras lecciones, Salinger exhibe su dominio del diálogo, que se parece a Hemingway en su contención. El texto es un retrato de las personas que viven al borde, tan lastimadas ya que hasta el más pequeño suceso puede superarlas. El final del relato sirve, más que por su impacto, como impulso para buscar el resto de señales que todo el tiempo estuvieron apuntando hacia ese desenlace, y de cómo las cosas en apariencia frívolas pueden ser llamados de alarma.

86.- “Lo oculto”, de Naiyer Masud

En el puesto 86 se encuentra “Lo oculto”, de Naiyer Masud, otra de esas obras desconcertantes que siento aún no he descubierto del todo. Leí en una entrevista que el método de Masud consistía en escribir cada frase de manera espaciada, dejando pasar días entre una y otra. Al leerlo, aún sin saber a ciencia cierta si es verdad esa declaración, me parece intuir ese lapso como un abismo. Hay, no sé cómo decirlo, una especie de vagabundeo o de extravío de un momento a otro de su relato. Al principio parece una historia erótica acosada por un ser sobrenatural y peligroso. Después, se transforma en un relato sobre el particular poder de un hombre para detectar las zonas de deseo y de terror de las casas. Finalmente, es un cuento sobre una mujer, acaso monstruosa, escondida en un cuarto. Masud, de haber nacido en Europa central o en Estados Unidos, posiblemente sería ensalzado como un campeón de la literatura rara. Su estilo sobrio y turbio, que me recuerda inevitablemente a Kafka (pues Kafka es el más singular de los autores de esta estirpe, aquellos que parecen rechazar lo retórico en favor del enrarecimiento de la realidad), tiene la ambientación hostil de las pesadillas. Algunas de las primeras palabras de su cuento resuenan en mí como el relato del sobreviviente de un desastre: “He dejado de hablar, pero no de mirar. No es fácil dejar de mirar cuando se tienen ojos, sin embargo, es relativamente fácil dejar de hablar aunque se tenga lengua”, dice Masud al poco de iniciar ese mal sueño que es su historia. Por su rareza, éste es uno de mis relatos predilectos.

85.- “La vida que salves puede ser la tuya”, de Flannery O’Connor

Durante el siglo XX el sur salvaje y hostil estadounidense dio a luz a una serie de escritores que, si bien diferentes entre sí, la crítica agrupó bajo la etiqueta de gótico sureño, posiblemente como una manera de ordenar y comprender ese esplendor literario bajo un territorio y un estilo. Faulkner, Carson McCullers y Flannery O’Connor son algunos de sus máximos representantes. De los tres, quizá la que mayor renombre ha ganado como cuentista es O’Connor, de quien he elegido “La vida que salves puede ser la tuya”, si bien tiene al menos un manojo de obras maestras que podrían estar en su lugar, como “Un hombre bueno es difícil de encontrar”, relato sobre el encuentro entre una familia provinciana y unos despiadados asesinos prófugos; o “La buena gente del campo”, una reunión no menos turbia entre una mujer con una pierna prostética y un vendedor de biblias repulsivo. He escogido “La vida que salves puede ser la tuya” porque me parece uno de los ejemplos más claros de las actitudes contradictorias de los personajes de O’Connor, esa complejidad psicológica que hace que un hombre pueda parecer muchos hombres y que creo que le brinda a su protagonista una hondura mayor que el villano algo caricaturesco de “Un hombre bueno es difícil de encontrar”.  Stevenson, en El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, separó dos de las naturalezas del hombre para ejemplificar su diversidad. O’Connor las reúne y las difumina para hacer patente que ambas no sólo conviven en los hombres, sino que ninguna es pura y que a veces es difícil saber qué faceta es la verdadera.

84.- “Óbnibus”, de Julio Cortázar

En el siguiente puesto está “Óbnibus”, de Julio Cortázar, que prefiero sobre el relato más famoso de Bestiario, “Casa tomada”, y que es también un referente universal de la literatura breve. Como en “Casa tomada”, hay una realidad enrarecida por una amenaza apenas definible. Durante un trayecto en “Óbnibus”, un par de viajeros se ven víctimas de un odio desconcertante, que anuncia una posible tragedia. La primera etapa de Cortázar es para mí la más original, aunque su argucia técnica se mantendría durante toda su vida, si bien más enfocada en la vuelta de tuerca es sus antologías posteriores y menos en esa desnaturalización de la realidad, en esa subversión o extrañamiento del mundo cotidiano. Cortázar, que en América Latina no necesita de ninguna introducción, fue uno de los autores más destacados del cuento, al grado de que incluirlo en una lista de esta naturaleza puede resultar trillado, pero no incluirlo se asemejaría casi a una desconsideración. La crítica se ha obstinado en llamarlo surreal porque en sus textos la lógica se deshace, pero sus procedimientos son quizá más sutiles. Es cuando menos un autor de gran inteligencia, que en sus mejores momentos me parece incomparable y, algo verdaderamente difícil en la literatura, único.

83.- “Catedral”, de Raymond Carver

Para Harold Bloom, crítico literario autor de una reflexión sobre el cuento interesante aunque, igual que buena parte de su obra, irregular y a veces incluso torpe, misma que tituló Cuentos y cuentistas: el canon del cuento,  Raymond Carver, el autor del puesto número 83, murió justo en el momento en que estaba alcanzando la plenitud de su arte. Bloom lo dice desde cierta condescendencia clasista que le impide apreciar a Carver justamente, si bien concuerdo en que “Catedral”, un relato de su tercer libro, es posiblemente la cumbre de su narrativa, ahí donde la parquedad impuesta por Gordon Lish (el editor que, en palabras de Alessandro Baricco, reescribía a Carver y que fue el verdadero autor del estilo por el que hoy es recordado), se encuentra con una ternura humana que abandona, por fin, ese pesimismo al borde del ridículo que está presente en el resto de sus relatos y que es, también, una interferencia de Lish. Tampoco puedo negar las mejoras técnicas que Lish aplicó a los textos de Carver, demasiado sentimentales en una primera forma, pero igualmente me parece valioso rescatar, de toda su obra, esta pieza mucho más dulce, curiosamente optimista. Es el relato de un encuentro íntimo entre dos extraños, la historia de esos momentos esplendorosos en que hemos decidido confiar, quién sabe por qué, en aquel que nos escuchaba, dejando de lado la incredulidad sarcástica y hostil con que solemos amurallarnos. Por su humanidad, por su ternura, éste es uno de mis relatos predilectos.

 

 

82.- “Empédocles: supuesto dios”, de Marcel Schwob

El número 82 lo uso no tanto para recomendar un texto en específico sino para sugerir encarecidamente una obra. Se trata del trabajo de Marcel Schwob, uno de los autores favoritos de Borges y clara inspiración para su Historia universal de la infamia, en tanto que el procedimiento es similar: la reelaboración de historias reales que sirven también como relatos y que se complacen en la idea de presentar la ficción como un hecho enciclopédico, real. El libro que influyó a Borges lleva el hermoso título de Vidas imaginarias y está conformado por personajes verídicos a los cuales se les agrega elementos supernaturales o falsos. De éstas escogí la vida de Empédocles, que resonará con familiar similitud a cualquier lector de Borges y que narra la vida y la muerte de este filósofo griego. Otro libro que recomiendo del autor es La cruzada de los niños, sobre una misión religiosa con consecuencias fatales.  Marcel Schwob, felizmente admirado en vida, se ha convertido en un autor de culto, si bien su importancia literaria va más allá de haber influido en la obra de sus más afamados admiradores. Hay algo verdaderamente moderno, casi contemporáneo, en estas biografías escritas en 1896, que tienen esa especie de atemporalidad de El Quijote.

81.- “El alba malograda”, de Rudyard Kipling

Sigo con otra de las religiones de Borges, un autor que Horacio Quiroga puso como uno de los cuatro dioses referentes del cuento cuando escribió en su decálogo el primer mandato de todos: “Cree en un maestro –Poe,  Maupassant, Kipling, Chejov– como en Dios mismo”. De él Borges decía, parafraseando a un crítico, que escribía con todo el diccionario sin que se volviera evidente, en un halago que exalta la cualidad desenfadada de sus textos en la que se esconde una complejidad formal y temática. De su narrativa he seleccionado la historia más borgeana de su narrativa, “El alba malograda”, porque mis aficiones son indomables y me suelen llevar por los mismos caminos, aunque la problemática del relato se ocupe menos de cuestiones metafísicas o fantásticas, como lo hace Borges, y se entretenga más en una historia de venganza que apenas se descubre al final. La historia habla de la relación de dos escritores y del desafortunado destino de uno de ellos. El lenguaje es astuto sin que parezca embustero; elegante sin que se sienta estudiado. Al final, la trama parece, ya no el misterio de un crimen, sino una parábola sobre algo más complejo. De Kipling puedo recomendar casi todo, pero dejo, además del citado, otros dos títulos que me fascinan: “La ciudad de la noche atroz” y “La iglesia que había en Antioquía”.

El último poema

(o de las grandes despedidas que llevan pocas palabras)

Éste es el último año de Pavese. Hay 45 entradas bajo la inscripción de 1950. Ésta es la página del 14 de julio. Pavese escribe: “Ya estamos. Todo se derrumba”. Debajo repite las palabras del último poema que escribirá. Treintaicinco días después de esta entrada, el 18 de agosto, apunta: “No palabras. Un gesto. No escribiré más”. Es la anotación final de su diario. Nueve días más tarde sale de su casa en Turín y se dirige a un hotel. Esa noche se suicida. Villoro dijo que Pavese quiso morir como un extraño en la ciudad en la que había vivido toda su vida. Antes de morir, dejó bien dispuestas sus cosas. Los libros por publicar, las cartas, el orden de los poemas de Vendrá la muerte y tendrá tus ojos. Hace mucho que se preparaba para ese día. Desde los 17 años tuvo la idea, lo que da como resultado 24 años de meditaciones sobre la muerte. Si son ciertas las palabras de Villoro y Pavese escribía igual que si estuviera despidiéndose de las cosas, entonces para Pavese todo fue, desde el momento en que supo, a temprana edad, de la muerte de un amigo y comenzó a estar tentado por la idea de matarse, una lenta, larga despedida. Y tan extraño se sentía él en el mundo, tan extranjero, que ni siquiera se concedió el idioma, pues su último poema está escrito en inglés.

 

Las verdaderas intenciones de los hombres muertos son tan enigmáticas, tan desconocidas, que parecieran tener algo de sagradas, de definitivas o de premonitorias. Es fácil recordar el último gesto de quien desapareció. Yo aún los recuerdo. Y cuando estos gestos parecen contradecir toda una vida de trabajo, y cuando esta contradicción resulta en el fin decidido y consciente de una vida, hay algo más que un arrebato: es una confesión. ¿una confesión de qué, exactamente?

Que Pavese decidiera escribir su último poema en inglés podría parecer vano si Pavese no fuera el poeta del dialecto piamontés, si no hubiera luchado él mismo contra las corrientes canónicas de la poesía  de su país, si no hubiera amado su paisaje, su gente, el pueblo del que siempre quiso ser parte aunque inevitablemente se sintió un marginado.

Pavese mismo, en la reedición del poemario Trabajar cansa, pidió que se le pusiera un cintillo con esta frase: “una de las voces más aisladas de la poesía contemporánea”, con esa ironía triste e infantil que a veces lo llevaba al derrotismo y a un orgullo amargo de tener la vida miserable del anacoreta. Así quería ser leído.

Leo el libro de Pavese editado por la editorial de la que fue consejero, la misma en la que Calvino prologó su poesía completa, reunida entre los legajos que dejó en Einaudi, la misma donde fue conocido como un hombre trabajador que parecía un niño triste. Todo su último libro de poemas lo escribió en un solo mes, en un arrebato poético, según Marziano Guglielminetti. Eran once hojas mecanografiadas con correcciones a mano en tinta negra, guardadas dentro de una carpeta que dejó en las oficinas de su editorial. ¿Hasta eso planeaste con minucia, Pavese?

Seguro habrá quien crea que la desesperación apilada dio frutos y que Pavese flaqueó. La historia de la literatura ha registrado la indiferencia de los escritores y críticos hacia su primera obra. Horacio Armani dice que “la obra significó una abierta reacción contra el hermetismo imperante en Italia: el propósito de Pavese fue crear una poesía narrativa, exaltadora de la realidad, pero su rebelión fue ignorada”, y agrega también esto: “en 1936, Cesare Pavese inicia una aventura solitaria”. Pero Pavese se enfrentó al final con una resolución estoica. Él se consideraba un estoico. Poco antes de morir copió las palabras de Horacio en su cuaderno. Pensaba que, como el héroe horaciano, él podría soportar el derrumbe del mundo. Por eso la anotación final de su diario también dice: “hace falta humildad, no valor”. En el momento que decide escribir su último poema en inglés, para después matarse, Pavese se encontraba, según Guillermo Fernández, “en el periodo más exitoso de su vida de escritor”. Cuando publicó su primer libro, a pesar de la indiferencia, creía que estaba publicando la mejor obra italiana de la época. Su soledad, su aislamiento, en todo caso, no venían de los demás, porque lo que lo carcomía estaba en él, en la noción de que nunca había entendido de qué manera funcionaba la vida. Quizá por eso anota en su poema final: “alguien murió,/ hace mucho tiempo,/ alguien que intentó,/ pero no supo”.

Estas palabras pueden aterrar en tanto que Pavese era un hombre serio que conocía su obra y la de los demás con una claridad de iluminado. Fue consultor y director de la editorial Einaudi, amigo y maestro de Calvino, traductor reconocido del inglés. Tradujo Moby Dick al italiano, y escribió ensayos sobre Faulkner y Whitman. Adobraba a Shakespeare. Era un hombre culto. Acaso porque amaba la literatura estadounidense y porque dominaba su lengua hay quien llega a pensar que esas fueron sus motivaciones para su último poema. Pero Pavese siempre despreció las acusaciones de imitador anglófilo. Creía que, por el contrario, era el estilo dialectal el que podía “hacer correr la sangre (…)” en ese “cuerpo cristalizado y muerto” que era, en sus palabras, la literatura. Después de haber redactado su último libro de poemas escribió esto: “El traducir – hablo por experiencia – enseña como no se debe escribir; a cada paso nos hace sentir como se expresa en un determinado estilo una sensibilidad y una cultura diferentes; y el esfuerzo por reflejar ese estilo nos cura de cualquier tentación de experimentarlo en nuestros propios escritos”. No era mera admiración literaria su último poema. En eso era invariable. Era una declaración de principios.

Toda su obra lo era, porque él confiaba al compromiso literaria el verdadero fin de la literatura, a pesar de que ese compromiso literario significaba para él, más que la política, la honestidad del autor, además de todo su esfuerzo. Por eso no puede el desamor explicar su último poema. Existió Constance Dowling para Pavese como su gran amor, pero a ella también le escribió cartas en italiano. Pero una despedida puede ser también una declaración de principios. Una declaración de errores. Lo que tiene de definitivo, de despedida consciente y meditada, de un adiós planeado con todas las dudas arrastradas durante décadas y por fin contestadas es que Pavese tenía por seguro que sería su último poema. No esperaba ser salvado. ¿Y cuán es esa respuesta? Acaso una despedida de la poesía en sí, en tanto que la literatura fue, para Pavese, una comunión entre todos los hombres. La literatura era la historia en la que cada uno entiende qué lo antecedió, qué le sigue y cuál es su papel en el mundo. Y sin embargo, Pavese estaba solo. Una despedida, entonces, de la poesía que había escrito, de la poesía que ya no escribirá. Una despedida que se repite por siempre.

Y, sin embargo, no es una derrota, es una aceptación. No un quiebre; humildad. Quizá ésta era la manera de Pavese de transmitir su desconcierto. El diario que empieza como un tratado de literatura se convierte en su preparación para el suicidio. ¿Cómo ha pasado esto? Y Pavese responde, con el poema, que él tampoco sabe, que ha escrito sobre literatura igual que cualquier otro gran teórico, que ha sido reconocido como uno de los mayores escritores europeos, que, en resumidas cuentas, lo ha intentado, pero que nunca lo supo con certeza. “Es sabido que cuanto más franca y llana es la voz de un libro, tanto más dolor y ansiedad le han costado a su autor”, confiesa. Pero Pavese volvió a escribir, pero hay otras últimas palabras. Y ese mensaje, igual que sus últimos poemas, igual que las últimas palabras de su diario, me gusta repetirlo, y a veces me lo digo a solas, más que para recordarlo, para tratar, aún, de comprender lo que significa despedirse, como parece que comprendió Pavese en sus últimos momentos. Son sus palabras de despedida: “A todos perdono y a todos pido perdón. No murmuren mucho”.

Top 10 odas de Horacio

Tuve noticia de Horacio por una nota al pie en el libro de un suicida. Así como había impactado a aquel hombre lo suficiente para que decidiera seguir viviendo unos meses más, así se volvió para mí un amuleto aquella cita, de tal forma que la tengo presente en cada momento difícil, y me la repito tratando de salvarme. Lo curioso es que Horacio, en la mayoría de sus odas, no fue un poeta efusivo. Prefería, como el tópico, el justo medio. Sin embargo, esta actitud contenida, más que a la debilidad, apela a la fuerza. Horacio, dentro de los autores que he leído, es el poeta de la madurez: si algo buscó en la lírica fue saber qué es lo justo, lo noble, lo ideal, y resistir así el infierno en el que uno vive. Ahora quiero compartirles, quizá también para que ustedes tengan una tabla de salvación, algunos de sus poemas, que acaso no sean los mejores, pero si los que más han resonado en mí.

 

 

Oda 3,Libro III

El texto que Pavese transcribió en su diario, animándose con ese fragmento a no sucumbir, fue el inicio de esta oda. Un traductor dijo que el principio de este poema tenía la misma magnanimidad que una obra de Miguel Ángel. Habla de los hombres incorruptibles, los héroes necesarios, y de aprender a resistir: tal vez lo único posible en algunas situaciones desesperadas. Horacio, luego de dar ejemplos honorables, trata la desventura de Troya. Esa continuación palidece al lado de su inicio, e incluso lo desluce. Creo que ciertos poemas son, en realidad, la justificación de unas pocas líneas. Es posible que la tercera oda del tercer libro sea uno de esos casos.

 

Oda 4, Libro I

No sé a partir de qué edad la muerte se vuelve un pensamiento diario, pero para cuando Horacio se propone el proyecto de sus odas la muerte ya está ahí. Una y otra vez habla de su llegada inevitable, aunque en ocasiones quiera despejarse el ánimo ensombrecido cantando los días de gozo, las celebraciones diarias, el vino y la primavera. Sin embargo, esta oda, igual que tantos otros textos, es un aviso sobre la muerte, un memento mori, por recurrir al tópico. Como diría Horacio en otro poema, haríamos bien en no pensar en el futuro, si es que el futuro no es otra cosa que nuestro final.

 

Oda 3, Libro II

De nuevo, lúgubre, Horacio piensa en la muerte en la tercera oda del segundo libro. También es esta una ocasión para acordarse de la dicha, pues, como hemos de morir, hemos igualmente de disfrutar el día mientras nos quede tiempo. En esta oda se reúnen, se siguen, los tópicos más recurridos por Horacio, de tal manera que es posible verla como un resumen filosófico, espiritual y estético de su poesía: el justo medio tan estoico, el epicúreo carpe diem y el sombrío, pesimista, triste memento mori. No seas presa de un furor o una tristeza desmedidas, aprovecha las horas que aún tengas, pero no olvides que eres mortal.

 

Oda 30, Libro III

De general detesto la arrogancia. Para mí he elegido el anonimato, lo breve, lo mínimo. Por eso suelo ver con desconfianza las declaraciones de orgullo. Pero cuando de toda una obra sólo un par de páginas, y con justa medida, se dedican a la celebración del logro literario, puedo permitirlo. Aunque en un principio parezca fanfarrona la declaración de inmortalidad de Horacio, esa exaltación al poco se templa, ya que a su lado está el constante recurrir de la muerte. Horacio sabía cual era su lugar en el arte. Sabía, también, que habría de morir. ¿No es entonces este poema un consuelo? Para pensar que no desaparecería del todo, como a veces es bueno pensar cuando se ha sentido que algo terrible está por ocurrir. El tiempo, lo único que no se acaba, le ha dado la razón.

 

Oda 16, Libro I

Horacio es, como se le lea, un moralista. Eso, probablemente, es lo más clásico de su obra. Para diluir la soberbia de sus lecciones morales experimenta en sí. Él es el pobre, el iracundo, el temeroso. Por eso pide perdón en este texto. Me falla la memoria para encontrar otra disculpa de un poeta. Lo ejemplar, entonces, se trata de lo que uno hace con sus errores, si está dispuesto a enmendarse. Lo más clásico en las odas es la moral, siempre que por moral se entienda este gesto que corrige, no a los demás, sino a uno mismo.

 

Oda 28, Libro I

Aunque haya quien quiera olvidar la política, Horacio no la olvida cuando redacta sus poemas. Era amigo del emperador, que en su época fue considerado descendiente de los dioses. Esa mitología es, también, parte de la peculiar política clásica, en la que los hombres aún eran gobernados por divinidades vivientes. Hay algo más: el destino, los dioses menores, los semidioses, los héroes y los muertos. Cada uno una cosa más compleja, más grande; un símbolo moral. En esta oda Horacio registra la plegaria de un ahogado que pronto se vuelve una amenaza. Para que el divino orden se conserve, para que una cruel sentencia no lo alcance, cada hombre debe rendir los honores necesarios. Eso es tradición y es, igualmente, política.

 

Oda 16, Libro III

Qué difícil me resulta, cuando más me hace falta, creer en ciertos compromisos, como ver en la literatura una confesión honesta de los valores que guían la vida. Cuando alguien más observa lo que hago, ¿no soy distinto a como actúo en soledad? Y la literatura es algo que se escribe pensando al menos en otra persona. Me pregunto si un día podré ver al compromiso social como algo más que un truco bajo los reflectores. Cuando Horacio repudia el oro en esta oda recuerdo que fue amigo del emperador, que estuvo auspiciado por Mecenas. Me imagino su finca, en la que pudo descansar sin que la incertidumbre del dinero lo llevara al insomnio. Quien más tiene es, con frecuencia, quien más asegura que no es necesario tener. Así, entristecido, pienso entonces que el padre de Horacio fue un esclavo que ganó su libertad y que al menos en una ocasión Horacio conoció la pobreza. Quizá estaba diciendo la verdad. Recobro el sosiego, leo su poesía. A veces deseo que ciertas declaraciones falsas sean verdaderas. “Me paso al campo de los que nada ansían (…)”, dice. Ojalá sea cierto.

 

Oda 26, Libro I

Algunos días, sobre todo en invierno, el inicio de la oda 26 del primer libro de odas es mi comienzo favorito. También yo querría deshacerme así de mis tristezas. Me gusta la esperanza que promete, y que, sin embargo, en el momento en el que Horacio habla de dejar los temores, aún no se ha cumplido, y es como una promesa urgente para poder continuar viviendo cuando por fin se puedan dejar atrás ciertas cosas. Pienso en el final de In the mood for love, en el momento que el protagonista confía una pena al hueco de una pared, creyendo, queriendo creer, que de esa manera podrá seguir adelante. Este poema es, para mí, esa ilusión de que el viento sople estos días.

 

Oda 16, Libro II

La vida se repite y con ella las palabras de los poetas. En Alejandría, cuando Horacio ya era polvo, sonó de nuevo la gravedad de un verso suyo en un poema de Constantino Cavafis, preocupado igualmente por la tranquilidad arruinada. Horacio escribió, en su momento, esta pregunta: “¿quién, al exiliarse de su patria, logra también escaparse de sí mismo?”, y Cavafis le responde: “La ciudad es siempre la misma. Otra no busques — no la hay —/ ni caminos ni barco para ti./ La vida que aquí perdiste/ la has destruido en toda la tierra”. Para los patrióticos romanos el exilio no era menos que una sentencia de muerte o bien la seguridad de la desgracia o la soledad. Horacio, aumentando el suplicio, asegura que lo único que nunca nos abandonará es el desasosiego. Peor que ser exiliado es no poder huir de lo que ya siempre estará en nosotros.

 

Oda 11, Libro I

Pocas invenciones pueden permitirse los poetas si todo está ya dicho. Algunos, sabiéndose únicamente traductores o decoradores de un poeta, ponen todos sus esfuerzos en los detalles. Horacio llegó a replicar a los autores griegos que admiraba. Por eso, en otro de sus poemas, dice que su mayor logro fue usar un metro griego para la poesía latina. Su humildad le hizo omitir una victoria mayor. De los pocos descubrimientos en la literatura, uno es de Horacio. Su obra no se reduce a este texto, pero de lo que escribió, quizá sea por la onceava oda del primer libro por lo que más se le recordará, aún cuando no siempre se sepa que es suya. Cada vez que alguien festeja el día, se da ánimos, se enfrenta a la brevedad de las horas o, simplemente, se dispone a vivir, la expresión justa para ese momento la dio Horacio, acaso el primero, o el primero del que queda registro, en usar tan claramente el carpe diem. Algo tan pequeño como un tópico, tan, en apariencia insignificante, y sin embargo cuántas búsquedas literarias no habrían tenido fortuna si hubiesen podido concretar un instante, una sensación, como lo hizo Horacio en unas palabras. No es necesario conocer la obra de Horacio para motivarse a disfrutar cada uno de los días que quedan, pero es bueno saber que alguien pudo expresar aquello que a veces no puede explicarse aunque se sienta intensamente.

 

 

Soy un lector olvidadizo que se permite pocas cursilerías, pero hay al menos un fragmento de Horacio que me ha hecho más llevaderos los letargos, me ha ablandado la melancolía y me ha ayudado a resistir. A pesar de mi desconfianza hacía la literatura, me gusta pensar que algunas páginas, como las de Horacio, me han servido. Espero también les pueda servir a ustedes.

Manuscrito encontrado en Zaragoza

Vuelvo hacia mi interior para hablar de un libro del que no me atrevía a hacerlo. Temía que, por más que quisiera mostrar mi asombro, terminara por sonar falso. Por más que pareciera fácil, la felicidad es una cosa ardua de explicar de forma que se entienda. La crítica, con su lenguaje cargado de fórmulas, amanerado, académico, burocrático, ha echado raíces en mí tan hondas que no sé bien cómo escapar. Es una lástima que, después de tantos años, hablar de literatura tenga la dificultad de que cualquier entusiasmo parezca diplomacia. La máquina de la crítica, y también nosotros, los espectadores, hemos hecho que sea así. Pero quisiera salvar al menos un momento de honestidad y decir que la obra de Potocki, el Manuscrito encontrado en Zaragoza, me hizo feliz, que releyendo lo que anoté del libro me convencí de que era una gran obra.

Me surgen más preguntas al tratar de compartir mis impresiones. ¿Cómo se logra hacer explícita esa felicidad del lector? No sólo con la lectura, sino con cualquier placer, o cualquier triunfo, cuya experiencia queda como confinada dentro de mí. A esto se le suma el que muchas de las peculiaridades del texto de Potocki hayan dejado de ser únicas. La tragedia de las obras es que sus rarezas se normalizan, así que lo que tienen de singular siempre termina por extinguirse. El ingreso de un libro al canon significa su transformación en lenguaje común. Por lo tanto hay que hacer un esfuerzo, reconstruir las extravagancias, entender que algo fue especial, al menos algunos años. Quizá, entonces, tenga que reconstruir mi experiencia, la primera vez que leí el Manuscrito encontrado en Zaragoza.

Tuve noticia del libro por un fragmento de Calasso donde hablaba de la preparación del catálogo de Adelphi, una de las editoriales europeas más importantes del siglo pasado. El plan consideraba para uno de los primeros números de la editorial la obra de Potocki porque se trataba de un libro único, que para Calasso significaba un texto en el que una experiencia irrepetible queda registrada. En el caso de Potocki eso se traducía en que escribió una sola obra excepcional. Calasso suele estimar los dramas en los que una vida alcanza para un solo proyecto literario y luego se agota. Potocki, que únicamente redactó una novela, se suicidó poco después de completar la obra en la segunda década del siglo XIX. La reescribió tres veces. El mismo año en que la concluyó decidió dispararse en la cabeza con una bala de plata que él mismo había limado a partir de la bola de un azucarero, acosado por la convicción de que se estaba convirtiendo en un hombre-lobo. Sobre su escritorio, como gesto de despedida, dejó algunos dibujos fantásticos. Era un hombre extravagante, noble, que creció en Polonia, pero escribió su obra en francés. Todo esto lo sabía antes de leerlo, así como la categoría de clásico de culto que se le adjudicaba. ¿Me predispuso esto a amar la novela? Es posible. El placer lector está más allá de los libros.

Lo que encontré en la obra, por supuesto, no se resume al sensacionalismo, aunque tampoco puedo negar la inclinación favorecedora que puede conseguir la intimidad de un autor. También la novela es, a su modo, sensacionalista, y abunda en relatos que bien podrían formar parte de un semanario de lo insólito. A las pocas páginas de la obra, en una advertencia, aparece la sinopsis del libro que vendrá: “se hablaba en él de bandoleros, de aparecidos, de cabalistas, y nada mejor para distraerme de las fatigas de la campaña que la lectura de una novela estrambótica”. A escena salen, además, geómetras, gitanos, demonios, caballeros y sociedades secretas. ¿No de eso mismo tratan muchas novelas posteriores publicadas durante la segunda mitad del siglo XX? Leo a Potocki y me parece ver en el texto una paranoia, ese temblor que se tiene cuando algo está incompleto, pero se sabe que lo que falta está rondando cerca, casi sobre nosotros mismos. Sus críticos le han llamado a esto una visión melancólica y desencantada, que es, igualmente, la definición de nuestra posmodernidad. Las múltiples tramas de la obra, dirigidas por una conspiración poderosísima de la que es espectador Alfonso van Worden, su personaje principal, fueron un recurso común en los libros de hace apenas unas décadas. Pero era especial, era especial el libro de Potocki. No se trata del estilo, que no es particularmente extraño sino muy semejante al de su época, y no lo es ya la estructura de la novela, que tenía por modelos El Quijote y el Decamerón. Puedo decir apenas que sus historias, organizadas en una puesta en abismo, el relato dentro del relato dentro del relato, me entusiasmaron en sus exageraciones fantasiosas, eso que algunos conocer como imaginación, como en este fragmento macabro que hoy en día no podría asustar a nadie: “Con una mano me agarró de la garganta y con la otra me arrancó el ojo que me falta. Donde estaba el ojo me introdujo su lengua ardiente. Me lamió el cerebro y me hizo rugir de dolor”. La fascinación de Potocki por lo espeluznante me recuerda a las leyendas que escuchara de niño, a la certeza de que el diablo estaba en las cosas abandonadas, al primitivo horror a la oscuridad, los fantasmas y las maldiciones, y al reverso nostálgico que siento cuando pienso en aquella época. La prosa fina, erudita, de la que hace uso Potocki, forma un movimiento oscilante, de cercanía y alejamiento, entre creerlo todo y no creer nada, animada por el encanto literario más sencillo: el de contar bien una historia entretenida. El relato del manuscrito es el hermoso y extravagante enredo de un hombre obsesionado con contar historias en esa manera enrevesada del cuadro dentro del cuadro. Si pienso en sus historias, pienso en la conversación sobre las capacidades mágicas del hebreo, sobre un demonio seductor que condena a los hombres y una mujer que mira a su amante a través de un espejo. En la portada de la edición que leí aparece una pintura de Goya con un hombre encantado ante la aparición de una bestia maligna que comparte las virtudes de lo que me asombró en Potocki: una escena fantástica y lúgubre, un poco efectista, pero maravillosa en su interés por esos cuentos de lo extraordinario. Hay, creo, algo así como una agitación curiosa de un hombre que dice no creer en los demonios, pero que no puede dejar de hablar de ellos, y se obliga a explicarse racionalmente aquello que le fascina, “siempre dividido entre el rigor ordenador de la razón y la frondosidad desordenada de la imaginación”*, dirían sus críticos. Es esa atracción vertiginosa por lo fantástico. Aunque quizá esa sea la lectura que realizo porque trato de entender la cualidad que me arrastra, junto a Potocki, hacia fábulas escabrosas, a pesar de que quizá sólo sea que me gusta tanto y tanto lo que relata.

Sé que si digo que lo que me asombró de Potocki es su imaginación caigo en un cliché anticlimático, y, a pesar de eso, ¿acaso no es verdad? Sé también que la crítica nos ha acostumbrado a no creer, a no poder creer que un libro es especialmente ingenioso ya que cada vez que se habla de una obra se dice que es imaginativa. Pero, ¿qué más queda? Si las grandes alabanzas suenan a falsedad, yo me recluyo en la duda, en el discreto júbilo que apenas alza la voz. No se precisar, por más que lo intente, cuál es la grandeza del texto, y digo que es imaginativo, pero soy consciente de que eso es como no decir nada, como cerrar los ojos, como seguir divagando en materias blandas, informes, oscuras, sin ninguna luz que ilumine. En algunas situaciones ni toda la persistencia es suficiente para mostrar lo de dentro, bien cerrado en el incontestable corazón. He vuelto, pues, al mismo punto inicial, tratando de explicarme. No quiero guardarme esta alegría sólo para mí, aunque no sepa expresarla ni compartirla. Termino esperando que alguien más se asombre, alguien que sí pueda decir qué es esa felicidad.

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*François Rosset y Dominique Triaire. “Para leer el «Manuscrito encontrado en Zaragoza»”. pp. 751-752.

Una vida romántica

Yo también creí alguna vez en el arte. Pensaba entonces que era lo mejor que se podía hacer con la experiencia, e incluso llegué a declarar que la literatura era una escuela y un hospital donde la humanidad se forma y se cura. Que todo esto lo diga en pasado es suficiente para entender que ahora soy un descreído. Y, sin embargo, han existido hombres mejores que yo, más inteligentes, que se comprometieron con esa idea. Uno de ellos era Hölderlin, que escribió Hiperión. En ese libro, que es novela y poesía y síntesis del cauce romántico, su héroe tiene un ideal que ama. Es un modelo de algo que yo no podría ser.

Elevarse sobre si mismo, volverse alguien noble, sabio, fuerte, libre; convertirse en un héroe: ésa es la vida romántica. Que nada sea suficiente, que las experiencias vengan en grandes tragos, que todo sea sublime y transformador: ése es su gran peso. De tanto querer vivir, el héroe romántico vive como caminando sobre una cuerda floja: “cuánto más feliz eres, menos cuesta condenarte al abismo (…)”, dice Hölderlin. Yo prefiero la calma, la mediocridad que no exige, la desaparición sin rastro, silenciosa, de mí mismo, pero admito lo que hay de admirable en el héroe romántico. El único optimismo soportable que he conocido está en las páginas de Hiperión, mayoritariamente alejado de la cursilería gracias a la contención melancólica que lo detiene: “Esto es lo que ganamos con la experiencia, que no podemos imaginar algo excelente sin pensar al mismo tiempo en su contrario”, dice el protagonista. Los románticos tienen un vitalismo que es, en cuanto se experimenta, un cuestionamiento sobre la naturaleza misma de ese vitalismo, sobre la vida. ¿Así se vive? ¿Así se debe vivir? Pasado el problema serio del suicidio, las razones para no aniquilarse, queda aún esa pregunta que se hacían los románticos: ¿cómo vivir? Y su intuición les decía que tenían que vivir como la mejor o la peor de sus versiones, entre las que siempre oscilaban como entre dos vacíos. ¿quién puede llevar sobre sus hombros una existencia tan significativa? Para mí es imposible.

Si algo dificulta esta tarea es que la vida del héroe romántico está llena de fracasos intolerables. Más constante es la muerte que la vida en el Romanticismo, y además está acompañada de la tristeza, la decepción, las condiciones más bajas, humillantes y dolorosas. Hiperión desea ser un sabio, pero se hastía del orgullo intelectual; quiere comprometerse con la libertad del hombre, pero su revolución falla; ansía el amor, pero el amor muere. Que no se quiebre no significa que ignore que ha perdido algo valioso. Quizá lo que más agradezco del Romanticismo es su paciencia para los espíritus incompletos, un entendimiento muy humano de los tristes, porque el Romanticismo nunca reniega de la desdicha: “no me atrevía a llorar; no me atrevía, sobre todo, a existir”, dice Hiperión, y también esto: “deberíais asombraros en silencio si no sois capaces de comprender que hay algunos que no son tan felices como vosotros, que no son tampoco tan autosuficientes (…)”. Tal resulta su fascinación por el sentimiento que el Romanticismo imagina que el mundo interior se manifiesta en la realidad exterior, y que una honda pena puede reflejarse en una tempestad o un acantilado en el que se rompen las olas. Me conmueve la belleza de pensar que así conocemos lo íntimo, en todo lo que está en nuestro alrededor, aunque yo no lo pueda creer o no me atreva a creerlo. Leyéndolo así, me parece que no se aleja mucho de un ideal de autoayuda, que finalmente surge de una necesidad virtuosa: querer ser mejor, aunque me parece que el Romanticismo es más sincero, pues no rechaza lo desagradable, lo insatisfactorio o lo triste, sino que los comprende.

Vivir una vida romántica es, pues, dificilísimo. Todo es demasiada altura y demasiada profundidad, y por eso con justicia se la ha acusado de enfermizo, inestable y obsesivo, pero algo hay que salvar del grave compromiso romántico. No creo que sea la fe en el arte ni la idea de la belleza como fin, cosas que convirtieron al Hiperión en uno de los grandes modelos de prosa poética. No creo que sea su conciencia política, ni su admiración por la naturaleza. Y, aunque me incline al pesimismo, no creo que sean sus largos lamentos. Si algo tuviera que rescatar de la hoguera sería esa ingenuidad necesaria de creer, al menos por una vez en la vida, en la voluntad de las personas, y en el deseo, por mínimo que sea, de ser alguien mejor. Que al menos la vida tenga ese significado.

“Como el cielo estrellado, estoy a un mismo tiempo quieto y en movimiento”.